Dormí como si estuviera anestesiada, me desperté tarde y todavía con sueño, pero había que levantarse, teníamos freetour para conocer la capital cántabra y quedaba alguna tarea por delante: desayunar y llegar a la oficina de información y turismo en el paseo de Pereda, donde comenzaba la visita. Para ir abreviando, le pedí a doña Dolores y Cía. que fueran buscando garito para alimentarnos mientras las marmotas nos espabilábamos y acabábamos el aseo matutino.
Un wasap sonó, era la ubicación solicitada, decía que
estaban dos calles más allá del hotel. Allá fuimos y nos perdimos, hasta que
después de algunas vueltas, dimos con la tecla. El Bunker, se llamaba el
dichoso local plantado en una plazoleta mirando al puerto pesquero.
Completamos el primer paseo mañanero mientras disfrutábamos de
las vistas de una de las bahías mas bonitas de España y llegamos a tiempo,
antes incluso que la guía. Como la oficina de turismo ya estaba abierta, entré a preguntar lo que no
teníamos que perdernos. Una señora muy amable nos informó de todo y además nos
dijo que hoy celebraban el día de la movilidad reducida y que los autobuses
urbanos eran gratis, que había que pasar la tarjeta pero que no te lo cobraban,
como así fue. Lo aprovechamos bien.
Llegó la que iba a ser nuestra cicerone, una chica bajita de
voz aguda, en pantalón corto y gorro jardinero. Tenía una pinta un tanto
extraña. Tras conformar su grupo, nos dio la bienvenida y comenzó a relatarnos la
historia de la ciudad, con tantos datos y detalles que me plantee cuanto tiempo
iba a ser capaz de aguantar aquella batería de información, no fue mucho, a los
10 minutos tenía la cabeza como un bombo, desconecté y que me dediqué a
observar el entorno.
Y el entorno era una preciosidad. Detrás nuestro, el edificio Botín con sus formas curvadas enmarcado por una bahía azul, inmensa por la que navegaban barcos bajo un sol cada vez más presente. Nuestra cicerone nos invita a mirar hacia nuestra izquierda, vemos la plaza de Alfonso XIII y en frente, una línea de grandes edificios entre los que destacar el del antiguo banco de Santander, al que le atraviesa una calle por medio.
El banco, fundado en 1857 bajo reinado de Isabel II, adquirió uno de los inmuebles situado a uno de los lados de la calle que antes había sido hotel y hasta club de regatas, pero con el desarrollo la ciudad creció mucho en comercios y finanzas, los clientes se multiplicaron y necesitaron ampliar oficinas, decidiendo comprar el edificio del otro lado de la calle.
Para armonizar todo aquello y que estuviera a la altura el elegante paseo de Pereda encargó una gran transformación al arquitecto Javier González de Riancho, que también había participado en el diseño del Palacio de la Magdalena. La calle que comunicaba el paseo marítimo con el interior de la ciudad quedó de forma ingeniosa salvada por un gran arco y ambos edificios comunicados por la parte superior.
Las figuras femeninas de piedra situadas sobre el arco representan cuatro actividades fundamentales para la historia y el desarrollo de Santander: la navegación, vinculada a su tradición marinera; el comercio, fuente de riqueza del puerto durante siglos; la cultura y las artes. El conjunto se complementa con el escudo de Santander en el centro de la fachada.
Este gran edificio desde septiembre de 2026 tiene una nueva
vida como museo y espacio cultural, bajo el nombre de Faro Santander fue
inaugurado hace unos días por el rey Felipe VI.
Nos movimos hacia la plaza de Alfonso XIII. Había por allí unos obreros montando carpas blancas tipo mercadillo. Ocultaban a nuestra vista el monumento al incendio de Santander que destruyó prácticamente toda la ciudad medieval. La guía aprovechó para contarnos las dos tragedias acontecidas en la capital cántabra, la explosión del Cabo Machichaco a finales del s. XIX y el gran incendio de 1941, recién acabada la fatídica Guerra Civil.
La primera aconteció el 3 de noviembre de 1893, el Cabo Machichaco era un barco mercante de vapor dedicado al transporte de mercancías. Aquel día en sus bodegas había 1.700 cajas de explosivos, junto con ácido sulfúrico y unas 1.000 toneladas de material siderúrgico. Con ese cargamento estaba prohibido entrar al muelle comercial, sin embargo, el barco atracó en el muelle, en pleno frente urbano de Santander. Hacia las dos de la tarde comenzó a salir humo de una de las bodegas de proa, el fuego comenzó a extenderse, llegaron los equipos de extinción, las autoridades marítimas y diversos representantes de la ciudad. Vecinos y curiosos se acercaron a contemplar aquello. Durante casi tres horas, una multitud permaneció junto a un barco sin que a nadie se le ocurriera despejar el muelle ni tomar alguna medida de seguridad.
Sobre las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde, el fuego alcanzó la carga explosiva. La proa del barco saltó por los aires, la detonación fue tan violenta que produjo una onda expansiva tan gigantesca que arrasó buena parte de los alrededores del muelle. El hierro del barco se convirtió en metralla. Los fragmentos metálicos atravesaron edificios, tejados y fachadas y alcanzaron a personas situadas a gran distancia del barco además de todos aquellos que se encontraban cerca. Muchas casas quedaron destruidas o gravemente dañadas. Restos del navío se encontraron a kilómetros del muelle. Las cifras: 590 muertos, más de 2000 heridos y todo el barrio portuario destruido. Pero la cosa no acabó ahí, una parte de la popa del barco quedó hundida en el puerto con 463 cajas de dinamita que no habían explotado, se organizó una operación de recuperación con buzos y grúas con la mala suerte que se produjo una segunda explosión. Murieron otras 15 personas y varias resultaron heridas. Finalmente, la Armada destruyó de forma controlada los restos del barco.
El desastre mostró las consecuencias de incumplir las normas
de seguridad y no evacuar a la población durante una emergencia. La catástrofe
impulsó una mayor atención a la regulación del transporte de mercancías
peligrosas y a los protocolos de seguridad portuaria.
Menos de cincuenta años después aconteció el gran incendio
de 1941, llamado popularmente como «El Andaluz» porque comenzó en la calle
Cádiz y se detuvo cerca de la calle Sevilla. Fueron dos desastres diferentes
que transformaron profundamente el centro de la ciudad.
La noche del 15 al 16 de febrero de 1941, en medio de un
temporal terrible, Santander vivió una de las mayores catástrofes urbanas de la
historia de España. En menos de 48 horas, un incendio gigantesco destruyó buena
parte de su casco antiguo, acabó con 700 años de arquitectura, desapareció la
ciudad medieval y dejó a unas 10.000 personas sin hogar. Lo sorprendente fue
que hubo una sola víctima mortal: un bombero madrileño que participó en las
labores de extinción. Pero la destrucción material fue enorme.
Aquella noche coincidieron prácticamente todas las
circunstancias que podían convertir un pequeño fuego en una catástrofe: casas
de madera, calles muy estrechas y viento huracanado.
El origen del fuego se sitúa tradicionalmente en el número
20 de la calle Cádiz, muy cerca de la Catedral y de los antiguos muelles. Se empezó a extender entre las construcciones
próximas empujado por el temporal con vientos de 140km/h que levantaba
materiales encendidos, transportaba pavesas y favorecía que las llamas saltaran
de un tejado a otro. En cuestión de horas, el incendio había dejado de ser un
problema localizado para convertirse en una amenaza para todo el centro urbano.
Llegaron equipos de ayuda desde Madrid, Bilbao, san Sebastián, Burgos, Palencia y Asturias. Los bomberos recurrieron a demoliciones para frenar las llamas. En determinados lugares se utilizaron explosivos para derribar estructuras y crear cortafuegos, una medida extraordinaria ante un incendio que avanzaba impulsado por vientos muy intensos. Las brasas siguieron activas mucho tiempo. Aunque el gran avance del incendio fue contenido en menos de dos días, los rescoldos y las labores de extinción continuaron posteriormente.
La Catedral de Santander fue uno de los edificios históricos más importantes afectados por el incendio. Situada sobre el antiguo cerro de Somorrostro, dominaba el núcleo medieval de la ciudad. El fuego alcanzó el conjunto catedralicio y destruyó buena parte de la iglesia superior, especialmente sus cubiertas y elementos interiores. La iglesia inferior del Santísimo Cristo conservó gran parte de su estructura, mientras que la superior tuvo que ser sometida a una importante restauración y reconstrucción durante los años posteriores.
Una vez extinguido el fuego, comenzó otro desafío: reconstruir el centro de una ciudad que acababa de perder parte de sus edificios más representativos. Pero no se decidió levantar exactamente lo que había antes. Se diseñó un nuevo centro urbano, con avenidas más amplias, manzanas regulares, edificios de mayor tamaño y grandes espacios públicos que es lo que conocemos hoy.
La reconstrucción tuvo asimismo consecuencias sociales: numerosas familias de rentas modestas que habían vivido en el centro fueron realojadas en otros barrios, mientras el área reconstruida se orientó en gran medida hacia el comercio, las oficinas y las viviendas de mayor categoría. Por eso el incendio no solamente cambió la arquitectura, sino también la distribución de la población de Santander.
Nos situamos ahora frente al edificio de Correos en la plaza Alfonso XIII. Hace poco mas de 150 años, este espacio por el que paseamos era agua, estamos sobre terrenos ganados al mar. En el centro del recinto, un busto del monarca que pasaba los veranos en la Magdalena, la localidad adquirió de este modo un estatus social de los mas distinguidos de España atrayendo a aristócratas y grandes fortunas lo que se tradujo en la construcción de grandes hoteles, villas, palacetes y el casino, esplendor del que aun hoy disfruta.
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| edificio de Correos y Telégrafos |
Esta plaza, conocida popularmente como la de las Farolas, reúne dos edificios monumentales que sobrevivieron al gran incendio de 1941: el Banco de España y el magnífico edificio de Correos y Telégrafos.
Al antiguo Palacio de Comunicaciones lo describen como de estilo “regional montañés” por su robustez y monumentalidad. Las torres poligonales, los muros de sillería, los aleros del tejado, los arcos de medio punto de ventanas y puertas, dan al edificio un aire señorial. Especial atención merecen el reloj de la fachada y los leones de bronce de los buzones, como los de muchas sedes de Correos. La guía nos invita a conocerlo por dentro, dice que tiene un vestíbulo interior iluminado por una vidriera modernista que merece la pena.
A la izquierda, oculto por vallas de "no pasar, obras" se levanta la antigua sede del banco de España, un palacete que data del reinado de Alfonso XIII que descansa sobre las antiguas ruinas de una fortaleza que defendía el puerto de Santander, el castillo de San Felipe.
Nos volvemos ahora a la derecha, hacia la estatua del capitán Velarde héroe
en las guerras Napoleónicas. Está situada en el paseo de Pereda un poco mas
allá de donde estamos parados. Su monumento abre la emblemática plaza Porticada
llamada así popularmente, aunque lleva el nombre de Pedro Velarde, construida
en el renacer de la ciudad tras el incendio que asoló la ciudad.
Pedro Velarde era cántabro y protagonizó el levantamiento popular del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra las tropas napoleónicas el general Murat junto a al también capitán Luis Daóiz y al teniente Jacinto Ruiz. Ese día, cuando se intentaba trasladar a los últimos miembros de la familia real fuera de España, estalló una revuelta popular contra los franceses. En el Parque de Artillería de Monteleón, los capitanes Daoiz y Velarde decidieron unirse a los ciudadanos sublevados, abrieron el arsenal, organizaron la defensa y utilizaron cañones para hacer frente a las tropas francesas. Resistieron junto a militares y civiles varias horas hasta que llegaron los refuerzos franceses. Los capitanes murieron aquel aciago día, mientras que el teniente Jacinto Ruiz, aunque herido, sobrevivió y los civiles lo evacuaron. Fue ascendido, se incorporó al frente en Extremadura sin recuperarse de sus heridas por lo que poco menos de un año más tarde, murió sin cumplir los 30.
Esta historia me la se bien porque Jacinto Ruiz era ceutí de nacimiento y bautizado en mi parroquia de los Remedios. Un busto suyo adorna la céntrica plaza que lleva su nombre y todos los 2 de mayo desde 1892 le rendimos honores en Ceuta.
Avanzamos unos pasos, justo nos movimos hacia la plaza de
las Atarazanas, detrás del edificio de correos, para contemplar la catedral
de Santander. La guía se situó junto a un panel informativo sobre una
rebelión que sufrió Santander en el medievo cuando el rey Enrique IV cedió la
villa a D. Diego Hurtado de Mendoza, marqués de Santillana. A los santanderinos
esto no les hizo ninguna gracia y la liaron. En esta plaza que antiguamente era
un puente de unión entre la Puebla Nueva y la Vieja, a los pies de la catedral
se enfrentaron los del pueblo con las tropas del marqués y les ganaron. Enrique
IV dio marcha atrás en su decisión y nombró a la villa “muy noble y muy leal” títulos
que aún conservan.
La plaza se llama de las Atarazanas porque antiguamente se situaban aquí los astilleros, debemos tener en cuenta que el agua llegaba hasta aquí por una ría representada hoy en el pequeño estanque que vemos junto a la acera. En el centro, un monumento dedicado a la Ascensión de la Virgen, advocación de la catedral que es el edificio dominante en la plaza, y al fondo la catedral y la iglesia inferior del Santísimo Cristo, porque el edificio de piedra que vemos son dos iglesias medievales construidas sobre un asentamiento romano. Mas de 2000 años de historia en un mismo sitio.
Aquí decidimos separarnos del grupo. Fui al baño en el café
que estaba en la plaza y cuando salí ya no estaban por lo que me despreocupé y
nos fuimos a visitar la iglesia y la catedral.
Entrando en la iglesia inferior a la izquierda te topas con las ruinas romanas bajo un pavimento acristalado. Las bóvedas se sustentan sobre columnas bajitas, casi entran ganas de agachar la cabeza. La iglesia inferior fue construida, entre otros motivos, para custodiar las reliquias en urna de plata de dos mártires cristianos: San Emeterio y San Celedonio, ambos eran soldados romanos ejecutados en Calahorra por su fe cristiana, durante las persecuciones del Imperio.
La leyenda cuenta que sus cabezas llegaron milagrosamente a Santander en una embarcación de piedra. De hecho, una de las explicaciones etimológicas más aceptadas es que el nombre Santander procede de la evolución de la expresión latina Sancti Emeterii, es decir, San Emeterio.
Continuamos nuestra visita subiendo las escaleras y cruzando el arco de la torre campanario que forma parte de este conjunto histórico. Llegamos a la puerta de la iglesia superior levantada en el s.XIII sobre la del Santo Cristo. No nos dejan entrar, está acabando la misa en la catedral de Santander, quedan unos 5 minutos que debemos esperar. De mientras, estiro el cuello como una tortuga y veo que la entrada da acceso directo al claustro. Lo poco que distingo me gusta, es un bonito claustro medieval seguramente con mas de 700 años.
La chica nos avisa,
podemos acceder, hay que pagar 2€ por barba. La verdad es que pagar en estos
recintos no me cuesta nada, son patrimonio de nuestra historia, de nuestras
costumbres, de nuestras creencias y siempre, siempre se aprende algo.
Descubrimos un patio ajardinado rodeado de cuatro galerías
cubiertas de piedra. No es totalmente cuadrado, imagino que la planta
trapezoidal se debe a su adaptación al terreno del cerro donde se encuentra
asentada la catedral. Leo en alguna parte que este jardín era el cementerio de
la antigua iglesia y anteriormente tuvo naranjos.
Sus arcos apuntados, sus columnas, los contrafuertes, las
bóvedas de crucería con sus nervios de piedra nos hablan de un gótico de estilo
cisterciense sencillo, sin grandes aspiraciones, elegante sin la ornamentación
exuberante de otras catedrales españolas.
Vamos recorriendo las galerías descubriendo antiguos
sepulcros y relieves funerarios de época bajomedieval, algunos están situados
junto a los muros. Voy leyendo los paneles informativos, cuentan que este
claustro no tenía una mera función religiosa, también se celebraban reuniones
del gobierno municipal, sobre todo en la antigua sala capitular.
Llegamos a la puerta de acceso a la iglesia catedral que no tiene nada que ver con la iglesia inferior. Lo primero que llama la atención es la altura de sus bóvedas y la sensación de amplitud. Gótico puro: tres naves, la central más alta, arcos apuntados, más bóvedas de crucería y grandes pilares.
El retablo dorado que preside el altar si es barroco,
churrigueresco me parece, la abundancia de detalles ornamentales y las
esculturas religiosas contrastan muy mucho con la sobriedad del espacio gótico
que lo rodea. Se lo trajeron de un pueblo de Valladolid pues la catedral perdió
todo su mobiliario en el nefasto incendio. El cimborrio que se alza sobre el
retablo y la girola si que pertenecen a la reconstrucción realizada tras el
incendio que dejó la iglesia superior muy tocada.
En las capillas laterales también se nota el ornamentado
estilo dorado menos en la del sepulcro de D. Marcelino
Menéndez Pelayo. Santanderino de nacimiento y figura importante en las
humanidades hispánicas.
Me ha encantado este templo a pesar de ser pequeñito, con tantas singularidades, sus dos iglesias, sus cicatrices presentes en los muros que dejan leer ese tiempo que le ha pasado por lo alto, dos mil años de historia escritos en piedra.
Nos vamos, seguimos explorando Santander,
aprovechamos que los buses son gratis para desplazarnos a la Magdalena, zona de
veraneo de reyes y princesas.



































