Vamos en el bus camino de Baden Baden 100km al Sur de Heidelberg, en el borde occidental de la Selva Negra. En realidad, nos dirigimos a Offenburg, nuestro cuartel general para las siguientes tres noches. De camino, conoceremos la famosa ciudad patrimonio de la UNESCO desde 2021 por formar parte de los balnearios europeos. Hemos salido en hora, circulamos por una amplia autopista de tres carriles y el sol amenaza salir de entre las nubes, hoy será un día luminoso aunque fresco.
Esta mañana en el desayuno, Angelines y Laura andaban con mala cara, no habían pegado ojo en toda la noche. Han tomado la decisión de volverse a Ceuta, están intranquilas, no quieren seguir, sus razones tienen. Es domingo, hoy será complicado organizar la vuelta pero lo mismo en un rato se van hacia algún aeropuerto cercano, en cuanto Pilar las avise. De momento, continuamos camino.
Hago examen de conciencia a ver si recuerdo algo sobre el distinguido Baden alemán antes del XIX y nada, solo se me viene a la cabeza que seguramente serían los romanos cuando cruzaron el Rin, conquistando la Alta Germania los que construirían las primeras termas en esta localización aprovechando los manantiales.
Tiro de Mr. Google que todo lo sabe “et voilá”, me cuenta que fue la legión VIII Augusta, acuartelada en Argentoratum (Estrasburgo) en los años 60 a.C. los que aseguraron el asentamiento de Aurelia Aquensis y descubrieron las propiedades medicinales de sus aguas, aunque es entre los años 213- 217 d.C. cuando tuvo su apogeo alcanzando el honor de "Civitas" con el emperador Caracalla, usuario acérrimo de termas. A partir de estas fechas, como los germanos y galos no paraban de dar la tabarra reclamando lo suyo, los romanos se largaron con sus legiones a otros lares.
Las termas romanas quedaron olvidadas y enterradas hasta que, en el s.XIX, una vez redescubiertas a alguien se le ocurrió explotar las fuentes termales de las que brotaba agua bien calentita (mas de 60º). Aquello de “tomar las aguas” se convirtió en una actividad muy glamurosa entre la aristocracia europea, rusa y gente pudiente. Baden Baden floreció, buenos hoteles, monumentales balnearios, grandes mansiones, bellos jardines y para que no se aburriera el personal, un teatro de opera al estilo parisino y el Kurhaus con el mas bello casino del mundo, aunque a mi me gusta mas el de Madrid. Para mediados de siglo, la ciudad era sinónimo de lujo y descanso además de prometer curar cualquier achaque: problemas de riñón, tiroides, artrosis,,, y hasta quitar arrugas.Faltando poco para llegar, hubo parada técnica en una
gasolinera. Aprendimos a ir a un baño publico en Alemania. Tienes que tener un
euro, alimentas la máquina con él y te da un ticket, el torno te deja pasar y
luego cuando sales, con el papelito, te vas a la cafetería o al super de la
gasolinera, y te descuentan 1€ de lo que consumas. Si no consumes nada, la
tirada te ha costado 1€.
El bus nos dejó lejos, no permiten que entren en el casco
urbano y menos si llevan matrícula polaca, pienso. Nos dimos un buen paseo
por la famosa Lichtentaler Allee que va paralela al rio Oos con sus patitos de
plástico y sus románticos puentes, mientras contemplábamos elegantes hoteles, museos, jardines muy cuidados con plantas ya tímidamente en flor, el
teatro y hasta un centro comercial.
Al ser domingo, todo estaba cerrado excepto algunos comercios típicamente turísticos. Los escaparates de las tiendas eran realmente encantadores, diseñados con muchísimo gusto. Me encantaron las vajillas de cerámica ¡Que bonitas! a cuál mejor. Todo estaba decorado con conejitos, flores, gallinas, huevos… es el tiempo de la Pascua, hasta los restaurantes estaban decorados.
Nos dirigíamos hacia la zona alta donde se encuentran los dos
principales balnearios y algunas fuentes termales públicas.
Cruzamos el rio para empezar a subir cuestas, Emilio iba ya
bastante fastidiado así que nos quedamos un tanto rezagados para darle aliento
mientras el resto atacaba la cuesta con ganas. Pasamos ante la fuente de
Leopold mientras seguíamos viendo bares restaurantes con terrazas de lujo, incluso asientos protegidos con fundas de piel sintética.
Una enorme estatua tipo medieval representando al general
Otto von Bismark daba paso a las escaleras de los jesuitas desde la plaza del mismo nombre, plagada de casitas encantadoras.
Llegamos a un enorme edificio que Marta nos señaló como uno de los balnearios mas antiguos e importantes, el Friedrichsbad. Echamos un ojo dentro, incluso nos dieron algún folleto y la verdad que no es demasiado caro, 38€ con toallas, zapatillas, champuses, cremas, aromas…recomiendan unas 3 horas para recorrer las 17 estaciones. Eso sí, nada de traje de baño, aunque últimamente lo permiten miércoles y sábados.
El menú se puede complicar con masajes, tratamientos especiales de emperadores o princesas, reflexología plantar, piscina privada, lunch… un poco de todo, como en botica. Esta instalación está situada justo encima de las termas romanas, visitables, en su vestíbulo hay algún testigo de ello.
Justo detrás del edificio, dimos con la primera fuente de la belleza que
Marta nos vino anunciando desde que nos montamos en el bus: Fettquelle, envuelta
en una pequeña cueva artificial, entre el balneario y un colegio, el del monasterio del Santo Sepulcro. Aseguraba
que te quitaba 10 años de encima, seguro que si, y después te mueres de un
atracón de arsénico. Algunos se empaparon bien arrugas y calvas a ver si
mejoraba algo aquello.
Unos 50 metros mas allá en una pequeña rotonda peatonal vimos
las modernas termas de Caracalla, en estas si te dejan utilizar traje de baño y
si no lo llevas hay una tienda dentro que los vende. Las instalaciones son
enormes y los precios bastante asequibles 20€ por dos horas. Pudimos echar un vistazo a los que
estaban en la piscina exterior tomando las aguas. Es toda una cultura esto de tomar los baños.
En la misma placita una pequeña iglesia católica Spitalkirche, en la que un grupo familiar andaba celebrando algo.
Mi "primer esposo" con Eduardo, Agustín y MJ se fueron en busca de la cerveza perdida mientras el resto nos dirigíamos al restaurante M10, más arriba aún.
Cruzamos delante del Ayuntamiento y ya en la plaza del mercado, admiramos la colegiata de san Pedro, la iglesia más antigua de la ciudad que aún conserva algún resto románico. La torre campanario es un bellezón. En la misma plaza además del restaurante, una bonita casa estilo toscana que eran los antiguos baños de vapor, ahora es museo de exposiciones de arte juvenil.
Entre la casa toscana y la parte de atrás del Friedrichsbad, .sostenidas por unos altísimos soportes, tres enormes ánforas romanas. Seguramente marcan el lugar donde se encontraron en el s.XIX las termas romanas al excavar la plaza para construir los cimientos del balneario, junto a la colegiata. Se puede visitar entrando por el balneario y pasando por caja.
Como era aun temprano, nos dimos un paseo trepando como cabras por un mal sendero monte arriba hasta que dimos con una pequeña balconada entre cañas y ramajes. Creo que nos equivocamos de camino porque no llegamos hasta arriba del todo y las vistas del pueblo aunque eran bonitas no tenían mucha perspectiva. Si veíamos muy bien la colegiata que estaba bastante cerca. Bajamos por otro camino y nos sentamos en la terraza al sol junto al resto del grupo esperando la hora de la comida.
Los de la cerveza aparecieron cuando todos estábamos sentados
a la mesa y andaban sirviendo el primer plato.
El M10 Badisches es un restaurante ubicado en la Markplatz, en una casa bastante antigua con un amplio salón de celebraciones en el piso de
arriba al que se accede por escaleras o en ascensor. Marta se empeñó en que subiéramos
por el ascensor, seguramente para evitar las escaleras curvas que podrían provocar
algún tropiezo.
Comimos más que bien, de primero sopa, riquísima y de
segundo, pasta fresca al huevo típica alemana spaetlze con jamón y crema de
parmesano. Me la comí enterita, imposible continuar con la tarta de queso
que tuve que dejar y Alberto luego se encargó de repartir.
Hubo lugar para el café y 10 minutos de sobremesa, antes de las 3
de la tarde, Marta ya nos estaba jaleando para ir a conocer la parte noble de
Baden, el Kurhaus.
Al salir del M10 le tiré varias fotos a una fuente bastante bonita con una virgen arriba, esta vez blanca. La columna me pareció bastante antigua, y lo era, del s.XVI pero no es este su lugar original, la cambiaron de sitio y le hicieron una pileta nueva. Ahora luce mas.
Caminamos unos 10-15 minutos cuesta abajo disfrutando del sol y de la elegancia del casco antiguo de Baden, llegamos al Trinkhalle uno de los dos emblemáticos monumentos de la city. (En el enlace la descripción de los frescos)
Su nombre se puede traducir como “sala de beber” y eso era. Una elegante edificio neoclásico con 16 columnas corintias que enmarcan su magnífica galería adornada por unos frescos que aluden a las leyendas de la Selva Negra.
Dentro, un gran salón donde la gente pudiente se reunía a beber
las aguas medicinales mientras a su alrededor se ubicaban las consultas
médicas. Ahora solo hay una pequeña pileta de donde sale el agua bien calentita, otra “fuente de eterna juventud” y el centro de información turística.
A dos pasos el Kurhaus, casa de reuniones de Vips, poco después casino, sala de conciertos, teatro, restaurantes etc. Es bonito pero no para tirar cohetes.
La visita finalizó aquí, luego fuimos caminando para coger
el bus por un sendero que se metía en el parque Kurgarten en el que pude
identificar tres enormes secuoyas. Un paseo espectacular, muy
bonito, aunque algunos estaban ya hasta el gorro de tanto caminar por jardines
aristocráticos y tanto verde.
La verdad que si no utilizas alguno de los balnearios o no
entras a jugarte los cuartos al casino, como Dostoievski que perdió hasta lo que
no tenía, Baden Baden no se si merece la pena. Es elegante, es muy tranquilo
pero soso, muy soso, como Sotogrande. Le falta el bullicio, la alegría, el alma de la
ciudad. Se nota que está ideado para los millonetis.
Continuamos ruta hacia Offenburg, primero tendríamos misa en
la iglesia de la Santa Cruz y luego íbamos al hotel. Como era temprano, Marta
llamó por teléfono para adelantar el horario y a las 5pm estábamos frente a la
bonita "kirche".
Angelines a estas horas estaba más tranquila, habían tenido
videoconferencia con Fito que les prohibió tajantemente volver a casa. Lo suyo era cuestión de tiempo y había
que dárselo.
Como no, el bus nos dejó en una vía principal y fuimos caminando por la “calle real “Hauptstraße” hasta llegar al templo, el más antiguo de la ciudad, construido sobre uno anterior del s.XIII del que aún conserva algunos restos de muros en el coro. En el interior se puede ver un crucifijo del s.XVI.
Durante el paseo nos cruzamos con esculturas bastante extrañas, entre ellas una especie de pingüino sentado y una serpiente medio enterrada. No había mucha gente por allí, algunos magrebíes y poco alemán, ya era hora de cenar para estos.
El padre Mathías responsable de las iglesias católicas de la ciudad nos recibió. Un hombre joven, alemán que hablaba un perfecto español. Hubo un poco de lío con las vestiduras pues nuestros queridos curas se habían dejado el petate en casa y se tenían que ir apañando con lo que encontraran y les prestaran en cada sitio. Ofició D. Emilio que nos habló con gran emoción en su homilía recordándonos el tiempo que se avecinaba finalizando con un recuerdo a nuestra madre, María.
Volvimos en el bus al hotel, repartimos habitaciones y nos instalamos. El Mercure de Offenburg no es precisamente un establecimiento que se merezca las 4* que anuncia. Las zonas comunes están muy anticuadas, el restaurante estilo tirolés, bastante cutre, oscuro, aunque el buffet no se puede decir que fuera malo, diría que correcto sin estirarse mucho. Lo mejor el personal, un chico super eficiente atento a todo y muy amable que nos mandó a los sillones de recepción a tomarnos las copas. Lo peor en general, que estábamos muy alejados del centro, sin ningún local cercano para las tertulias tras las cenas y sin bareto en el hotel y ningún taxi en la puerta.
Encima del escritorio un aviso: no arreglaban la habitación ni cambiaban toallas hasta el segundo día de estancia, si querías que lo hicieran tenias que avisar, igual que si necesitabas mas almohadas. Algunos peregrinos no lo leyeron y claro, al día siguiente al ver que no habían arreglado los cuartos se lio. Igual que con las ventanas, alguno la tuvo toda la noche abierta. La calefacción que iba con radiadores antiguos había que abrirlos, tanto en el dormitorio como en el baño.
Llegó por wasap la hojilla del día siguiente, iríamos a Gutach en el corazón de la Selva Negra y después a ver relojes de cuco, el buen tiempo seguiría acompañándonos un día mas.
Estas cosas suelen ocurrir, un hotel que no cumple expectativas, una visita que decepciona, un restaurante cuya comida no te gusta… la vida del turista es dura y la del peregrino aún lo es más.