Lunes 21 de septiembre de 2.026. En el cuaderno de bitácora teníamos apuntados un par de lugares bastantes interesantes antes de abandonar Asturias: el mirador del pozo de la oración y arenas de Cabrales, el pueblecito del queso delicioso y pestoso a la vez.
Salimos temprano con la idea de desayunar en ruta. Tomamos
la autovía y unos minutos mas tarde paramos en la cafetería de una gasolinera
donde me zampé un bocata de tortilla con setas que estaba de lujo. Los demás me
miraban con cara sorprendida, hacía mucho tiempo que no me veían comer con las
ganas que lo estaba haciendo últimamente, y sin subir un gramo, que es lo
mejor.
Continuamos adentrándonos en la montaña asturiana por una carretera amplia, magníficamente asfaltada y maravillosas vistas hasta llegar al mirador del Pozo de la Oración, una explanada a la derecha de la carretera en la que detenerse unos minutos a contemplar el paisaje: primero los verdes prados asturianos del concejo de Cabrales, bosques, laderas y al fondo, sobresaliendo casi de manera vertical, aparece el Picu Urriellu con sus 2519 metros de altitud. El naranjo de Bulnes no es la cumbre más alta de los Picos de Europa, pero si la que más impresiona por su enorme pared vertical, es una enorme torre de roca aislada en mitad del paisaje. A su cima no se puede llegar andando, hay que escalar, por eso durante años fue un desafío para el alpinismo español e internacional.
Estuvimos un buen rato disfrutando del sol y de las vistas. Recuerdo
que le pedí a mi marido que me hiciera una foto con el Picu al fondo y cuando
la vi dije ¿y donde está el Picu? ¿Dónde apuntaste? Cosas de hombres!
Un hombre mayor aparcado en un extremo de la explanada
vendía hórreos. Desde el mostrador del que era el maletero abierto en su coche pudimos
ver muchos, de distintos tamaños y diseños. Estuve mirándolos un buen rato,
eran muy bonitos, rústicos, se notaba que los había fabricado él con sus manos y
materiales muy básicos: cartón, papel madera y pegamento. No les faltaba
detalle. Le compré uno pequeñito para exponerlo en mi vitrina viajera a la que
ya casi no le cabe nada. Hasta la cajita de cartón que me dio para guardarlo había
fabricado él.
Luego nos entretuvimos un rato tirando fotos desde todos los ángulos al Naranjo de Bulnes, incluido el ojo de cerradura de la estructura de piedra por la que si te asomas, ves centrado el Picu. Es como si esa montaña constituyera la llave de Cabrales.
Es hora de poner rumbo a Las Arenas de Cabrales, un pequeño
pueblo donde nació el famoso queso asturiano.
Dejamos el coche en un parking céntrico al lado de un
pequeño río y nos dispusimos a patear la calle principal mientras buscábamos
alguna tienda de comestibles a ver si conseguíamos llevarnos un trocito de
queso. Encontramos varias, el pueblo es muy pequeñito pero también es la puerta
de entrada a todas las rutas que llevan al Picu y por tanto pasan por aquí muchos
senderistas, alpinistas y turistas. Además, aquí está la cueva del queso de
cabrales donde te explican como se madura para que esté tan riquísimo por lo
que nos cruzamos con muchísima gente.
Nada mas cruzar el puente todo eran casas de piedra asturianas con carteles de hoteles, pensiones hostales o tiendas de productos típicos. La primera en la que entramos “el Rinconín” tenia de todo además de muy buena pinta. Compramos muchas cosas, bueno, Mariloli porque yo me llevé solo dos latas de cebollas rellenas que aún no he catado, las tengo guardadas como oro en paño. Echamos un rato charlando con el dueño, un señor muy agradable que nos aconsejó sobre conservas, quesos y vinos. Salió el tema de Ceuta, claro, en el momento en que te preguntan por tu procedencia debes saber lo que viene luego. Es generalizado, todo el mundo empatiza con los ceutíes.
Seguimos explorando la calle principal hasta que dimos con la “cueva de los quesos” otro local donde vendían además de quesos y sidra un montón de antigüedades. Me quedé encantada con algunas piezas que tenía aquella señora en sus estanterías, había verdaderas delicias de cerámica muy antiguas entre teléfonos de baquelita negra y herramientas pasiegas oxidadas. También pegué la hebra con la dueña por lo menos otros 10 minutos y hasta salió la figura de Don Pelayo, expresando nuestro deseo que levantara la cabeza y liderara una nueva “reconquista” esta vez en el Norte del Sur.
Fuimos a conocer las casas de piedra más antiguas del pueblo, algunas restauradas, otras abandonadas y volvimos para reanudar la ruta. Si algo claro saqué de aquella visita es que el Concejo de Cabrales es un territorio de pastores, cuevas, desfiladeros y pueblos encajados entre enormes paredes de caliza que forman parte de los Picos de Europa.
Nuestra siguiente parada ya era en Cantabria, el famoso pueblo de San Vicente de la Barquera. Los que hace ya 25 años nos enganchamos a OT sabrán porqué lo digo, no se le caía de la boca a Bustamante el nombre de su pueblo, uno de esos lugares donde se entiende perfectamente aún a día de hoy, cómo el mar, la religión, el comercio y las montañas han marcado durante siglos la historia del norte de España.
Dejamos el coche en el aparcamiento de pago de la Barquera
porque el parking del paseo marítimo estaba a reventar, dimos dos vueltas por
lo menos y nada. De allí nos dirigimos andando al centro, cruzando el puente el
de la Barquera. Desde aquí se veía perfectamente el mar a un lado, el puente
antiguo de la Mata, el pueblo con su castillo y la iglesia en lo alto de la
colina y detrás, los Picos de Europa. Una estampa espectacular.
San Vicente no pasaba de ser una modesta villa marinera hasta que en 1210 Alfonso VIII de Castilla le concedió un fuero especial junto a Santander, castro Urdiales y Laredo, las Cuatro Villas de la Costa de la Mar, que permitió impulsar su comercio, desarrollar el puerto y fortalecer su autonomía municipal. Como curiosidad: sus bravos marineros participaron tanto en las campañas castellanas del s.XIII para conquistar Sevilla como en expediciones a Terranova para la pesca del bacalao en sus caladeros.
En nuestro camino, nos topamos con un letrero que nos daba
la bienvenida a la Puebla
Vieja, el casco medieval de la villa y kilómetro cero del Camino Lebaniego,
ruta que une el mar Cantábrico con el monasterio de Santo Toribio de Liébana,
en Potes, quizás lo más importante a nivel cultural e histórico del pueblo.
Decidimos subir la empinada cuesta de la colina para explorarla, unas increíbles postales se contemplaban desde aquella subida, detrás nuestra, el mar, a nuestros pies la ciudad moderna, detrás las cumbres y frente a nosotros, la puerta de acceso a la ciudad medieval. El castillo del Rey te lo encuentras junto a la primera puerta, enarbolando la bandera española, un poco mas arriba nos topamos con la casa cuartel de la Benemérita, los juzgados y un edificio histórico con un montón de escudos en su fachada, es el palacio de la familia Corro, actualmente casa consistorial de la villa, antigua morada del inquisidor Antonio Corro, cuya tumba se encuentra en la cercana iglesia de santa María de los Ángeles, situada en la cima de la colina.
En nuestra errabunda ascensión llegamos a los pies una robusta torre de piedra nos indica que hemos llegado al lugar donde se recaudaban los impuestos, la torre del Preboste. En el cartel explicativo leemos que también se utilizó como prisión.
Acabamos nuestra visita a la Puebla Vieja junto a la joya de la corona, la iglesia de Santa María de los Ángeles, un bellezón medieval desde el que se pueden contemplar vistas inmejorables del pueblo. Comenzada a construir en el s.XIII, forma parte del Camino de Santiago del Norte y por tanto es Patrimonio de la Humanidad declarado por la UNESCO.
Durante la Edad Media, miles de peregrinos recorrían la costa cantábrica siguiendo el Camino del Norte, San Vicente constituía una parada en esta ruta debido al puerto, su situación geográfica y porque contaba con hospitales de acogida, de hecho, junto a la iglesia, se aprecian las ruinas del hospital de la Concepción, allí recibían asistencia y alojamiento los peregrinos que atravesaban la villa. Algunos de estos viajeros antes de continuar a Santiago, justo en Muñorrodero, desviaban sus pasos hacia el interior de Cantabria para visitar un monasterio que custodiaba una reliquia extraordinaria, un fragmento de la Santa Cruz. Así nació y se consolidó el Camino Lebaniego como ramal de la peregrinación hacia Santiago por el camino de Norte. A los peregrinos que se dirigen a venerar esta Lignum Crucis se les conoce como “crucenos o cruceros”.
Y como el hambre apretaba buscamos rincón para comer. “El Recreo” fue elegido, llegamos hasta pronto, la mesa nos estaba esperando y la camarera nos atendió estupendamente. Pedimos ensaladilla barquereña que llevaba unas sardinillas típicas de allí que se llaman “lanzón”, rabas riquísimas, y unas albóndigas de pescado que estaban de rechupete. También cayeron unas anchoítas del Cantábrico como no podía ser de otra manera.
Después de comer pusimos rumbo a Santander, queríamos descansar un rato pero antes, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, nos pasamos por el Bosque de Secuoyas de Cabezón de la Sal.
El navegador nos llevó hasta uno de los aparcamientos que esta aproximadamente a 500 metros de la pasarela. Fuimos caminando con pocas ganas, creo que a todos nos apetecía echarnos una siesta, el calorcillo, el susurro del bosque, la luz atenuada por los árboles…
Conforme avanzas por las pasarelas, comienzan a desaparecer las hayas, eucaliptos y abetos dando paso a otros árboles mucho más grandes, más altos, enormes, diría yo, de troncos rectos y gruesos: las secuoyas. Parece que estés en un escenario de película. Están plantadas bastante juntas, las copas forman una cubierta vegetal altísima, como la de una catedral. El tronco presenta un color rojizo oscuro muy bonito, la corteza parece esponjosa y fibrosa a la vez. Son preciosas, dan ganas de abrazarse a ellas aunque no se debe tocarlas. Las luces y sombras que se cuelan entre las hojas, ramas y troncos hasta donde estamos, hacen el lugar mágico.
España no es un lugar
donde crezcan de forma autóctona las secuoyas, no llegaron aquí de forma
casual, ni se plantaron para crear un bosque turístico. Su existencia se debe a
una decisión económica tomada durante la dictadura franquista. No todo iba a
ser malo. Y lo mas gracioso, si aquella decisión hubiera sido un éxito, hoy no
estaríamos paseando entre estos gigantes.
El régimen autocrático impuesto por Franco recién acaba la Guerra Civil consistía en reducir al mínimo las importaciones intentando producir en el país todo lo necesario. Necesitábamos madera para la construcción, la industria y el papel por lo que se decidió experimentar con una especie de árbol procedente de la costa occidental de Estados Unidos: la secuoya roja de California. Cantabria reunía condiciones parecidas a las que estas secuoyas encuentran en su hábitat natural: temperaturas moderadas, abundantes precipitaciones y mucha humedad. La finalidad de aquella plantación era económica, no paisajística. Se buscaba comprobar si estos árboles podían proporcionar madera de forma rentable. Sin embargo, con el paso de los años, otras especies como el eucalipto resultaron más interesantes para la industria papelera. El proyecto de aprovechamiento de las secuoyas perdió interés y los árboles permanecieron en el monte.
Hasta que en 2003 el gobierno de Cantabria declaró el bosque Monumento natural, aquellos árboles que habían sido plantados para cortarlos terminaron siendo protegidos para que nadie los cortara.
Hay 848 secuoyas que tienen exactamente 80 años. Muchas
alcanzan los 40 metros, incluso 50 metros de altura. Y aunque parezcan viejas,
son muy jóvenes. Estas plantas pueden alcanzar los 2000 años de edad y alturas
de 100 metros.
Nos vamos ya para Santander, tenemos reservado para las
siguientes tres noches el
hotel Náutico un poquito alejado del cogollo pero con buenas referencias,
además podemos guardar el coche aunque no tiene cargador. Nos paramos antes de
llegar, en el de Reocín cerca de Santillana del Mar, localidad que visitaremos
otro día. Mientras Tesla come, nos vamos a la cafetería a tomar algo. Faustino
se queda con Mariloli pidiendo los cafés y Jose y yo bajamos a la tienda a por
chocolate. Somos los tontos del chocolate, mas si es negro. Lo único que encontramos
que calme nuestra ansia es una barra de toblerone grande de chocolate negro. 7
eurazos del ala nos cobran por la tableta. Muerta me quedo. Una media hora esperamos
hasta que el coche avisó que estaba listo para continuar camino con las pilas a
tope. Quedaban pocos kilómetros para destino.
El hotel es una monada, todo decorado en ambiente marinero, colores azules y blancos, rallas náuticas, detalles que huelen a mar. Está situado en el barrio pesquero muy cerca del puerto pesquero y de la estación de trenes aunque a unos 20 minutos andando de Puerto Chico o de la catedral. El aparcamiento era plaza al aire libre algo justa, tan justa que un par de veces Jose se tuvo que bajar de Tesla y aparcarlo desde el móvil. Increíble pero cierto, dentro de nada los coches vuelan.
Descansamos un ratillo y nos fuimos a patear el centro de
Santander. ¡Que ciudad más bonita! ¡Que elegante! ¡Que santanderinos tan bien
vestidos! Nos encantó. Me había cambiado de ropa, llevaba puesta la camiseta
blanca y negra del Ceuta, me quedaba enorme (es de mi hijo) pero me sentía superbién
con esos colores. La gente se me quedaba mirando, alguno incluso preguntaba, yo
superorgullosa.
Caminamos por el paseo de Pereda, Subimos a las pasarelas del centro Botín, maravillosas las vistas desde allí arriba aunque a esas horas de la tarde ya hacía frio norteño. Continuamos por Puerto Chico haciéndonos fotos con “los Raqueros” y acabamos cenando en Marucho, nos lo había recomendado María José, la hermana de Mariloli. La comida estaba rica y el marisco fresco pero las raciones eran escasas y algo caras. El local pequeñito, estaba llenísimo, las mesas dispuestas para los comensales con manteles de papel azul demasiado juntas unas de otras, casi que puedes mojar en el plato del de al lado. Las paredes repletas de retratos, Lola creyó reconocer a su hijo en una foto de aquellas y la verdad es que el chaval se parecía, pero no era. Una señora muy señoreada lo dirigía todo. Nos sirvieron un cuenco de sopa de ajo para abrir apetito, eso de regalo.
Después de cenar hubo helado y vagabundeo por las calles comerciales con escaparates de infarto super elegantes, ropa preciosa, alguna carísima ¡menos mal que todo estaba closed!
Llegamos al hotel pasadas las 12 pm hora de descansar, al día siguiente tendríamos freetour por la bella capital cántabra.


















