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miércoles, 14 de octubre de 2026

Santander 22.09.26 mañana

Dormí como si estuviera anestesiada, me desperté tarde y todavía con sueño, pero había que levantarse, teníamos freetour para conocer la capital cántabra y quedaba alguna tarea por delante: desayunar y llegar a la oficina de información y turismo en el paseo de Pereda, donde comenzaba la visita. Para ir abreviando, le pedí a doña Dolores y Cía. que fueran buscando garito para alimentarnos mientras las marmotas nos espabilábamos y acabábamos el aseo matutino.

Un wasap sonó, era la ubicación solicitada, decía que estaban dos calles más allá del hotel. Allá fuimos y nos perdimos, hasta que después de algunas vueltas, dimos con la tecla. El Bunker, se llamaba el dichoso local plantado en una plazoleta mirando al puerto pesquero.

Completamos el primer paseo mañanero mientras disfrutábamos de las vistas de una de las bahías mas bonitas de España y llegamos a tiempo, antes incluso que la guía. Como la oficina de turismo ya  estaba abierta, entré a preguntar lo que no teníamos que perdernos. Una señora muy amable nos informó de todo y además nos dijo que hoy celebraban el día de la movilidad reducida y que los autobuses urbanos eran gratis, que había que pasar la tarjeta pero que no te lo cobraban, como así fue. Lo aprovechamos bien.

Llegó la que iba a ser nuestra cicerone, una chica bajita de voz aguda, en pantalón corto y gorro jardinero. Tenía una pinta un tanto extraña. Tras conformar su grupo, nos dio la bienvenida y comenzó a relatarnos la historia de la ciudad, con tantos datos y detalles que me plantee cuanto tiempo iba a ser capaz de aguantar aquella batería de información, no fue mucho, a los 10 minutos tenía la cabeza como un bombo, desconecté y que me dediqué a observar el entorno.


Y el entorno era una preciosidad. Detrás nuestro, el edificio Botín con sus formas curvadas enmarcado por una bahía azul, inmensa por la que navegaban barcos bajo un sol cada vez más presente. Nuestra cicerone nos invita a mirar hacia nuestra izquierda, vemos la plaza de Alfonso XIII y en frente, una línea de grandes edificios entre los que destacar el del antiguo banco de Santander, al que le atraviesa una calle por medio.

El banco, fundado en 1857 bajo reinado de Isabel II, adquirió uno de los inmuebles situado a uno de los lados de la calle que antes había sido hotel y hasta club de regatas, pero con el desarrollo la ciudad creció mucho en comercios y finanzas, los clientes se multiplicaron y necesitaron ampliar oficinas,  decidiendo comprar el edificio del otro lado de la calle.


Para armonizar todo aquello y que estuviera a la altura el elegante paseo de Pereda encargó una gran transformación al arquitecto Javier González de Riancho, que también había participado en el diseño del Palacio de la Magdalena. La calle que comunicaba el paseo marítimo con el interior de la ciudad quedó de forma ingeniosa salvada por un gran arco y ambos edificios comunicados por la parte superior.


Las figuras femeninas de piedra situadas sobre el arco representan cuatro actividades fundamentales para la historia y el desarrollo de Santander: la navegación, vinculada a su tradición marinera; el comercio, fuente de riqueza del puerto durante siglos; la cultura y las artes. El conjunto se complementa con el escudo de Santander en el centro de la fachada.

Este escudo que también aparece en la bandera de la ciudad suele llamar mucho la atención por un motivo: contiene la Torre del Oro de Sevilla. Todo tiene una explicación y la suya una emocionante historia: en 1248, los marinos de Santander participaron en la conquista de Sevilla bajo el mando de Fernando III de Castilla, el rey santo. Aquellas embarcaciones fueron fundamentales para romper las defensas fluviales de la capital almohade. Por eso la Torre del Oro, el río Guadalquivir , el barco y las cadenas que impedían el acceso fluvial están presentes en el escudo, además de la  cabezas de los santos patronos.

Este gran edificio desde septiembre de 2026 tiene una nueva vida como museo y espacio cultural, bajo el nombre de Faro Santander fue inaugurado hace unos días por el rey Felipe VI.


Nos movimos hacia la plaza de Alfonso XIII. Había por allí unos obreros montando carpas blancas tipo mercadillo. Ocultaban a nuestra vista el monumento al incendio de Santander que destruyó prácticamente toda la ciudad medieval. La guía aprovechó para contarnos las dos tragedias acontecidas en la capital cántabra, la explosión del Cabo Machichaco a finales del s. XIX y el gran incendio de 1941, recién acabada la fatídica Guerra Civil.

La primera aconteció el 3 de noviembre de 1893, el Cabo Machichaco era un barco mercante de vapor dedicado al transporte de mercancías. Aquel día en sus bodegas había 1.700 cajas de explosivos, junto con ácido sulfúrico y unas 1.000 toneladas de material siderúrgico. Con ese cargamento estaba prohibido entrar al muelle comercial, sin embargo, el barco atracó en el muelle, en pleno frente urbano de Santander. Hacia las dos de la tarde comenzó a salir humo de una de las bodegas de proa, el fuego comenzó a extenderse, llegaron los equipos de extinción, las autoridades marítimas y diversos representantes de la ciudad. Vecinos y curiosos se acercaron a contemplar aquello. Durante casi tres horas, una multitud permaneció junto a un barco sin que a nadie se le ocurriera despejar el muelle ni tomar alguna medida de seguridad. 


Sobre las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde, el fuego alcanzó la carga explosiva. La proa del barco saltó por los aires, la detonación fue tan violenta que produjo una onda expansiva tan gigantesca que arrasó buena parte de los alrededores del muelle. El hierro del barco se convirtió en metralla. Los fragmentos metálicos atravesaron edificios, tejados y fachadas y alcanzaron a personas situadas a gran distancia del barco además de todos aquellos que se encontraban cerca.  Muchas casas quedaron destruidas o gravemente dañadas. Restos del navío se encontraron a kilómetros del muelle. Las cifras: 590 muertos, más de 2000 heridos y todo el barrio portuario destruido. Pero la cosa no acabó ahí, una parte de la popa del barco quedó hundida en el puerto con 463 cajas de dinamita que no habían explotado, se organizó una operación de recuperación con buzos y grúas con la mala suerte que se produjo una segunda explosión. Murieron otras 15 personas y varias resultaron heridas. Finalmente, la Armada destruyó de forma controlada los restos del barco.

El desastre mostró las consecuencias de incumplir las normas de seguridad y no evacuar a la población durante una emergencia. La catástrofe impulsó una mayor atención a la regulación del transporte de mercancías peligrosas y a los protocolos de seguridad portuaria.

Menos de cincuenta años después aconteció el gran incendio de 1941, llamado popularmente como «El Andaluz» porque comenzó en la calle Cádiz y se detuvo cerca de la calle Sevilla. Fueron dos desastres diferentes que transformaron profundamente el centro de la ciudad.

La noche del 15 al 16 de febrero de 1941, en medio de un temporal terrible, Santander vivió una de las mayores catástrofes urbanas de la historia de España. En menos de 48 horas, un incendio gigantesco destruyó buena parte de su casco antiguo, acabó con 700 años de arquitectura, desapareció la ciudad medieval y dejó a unas 10.000 personas sin hogar. Lo sorprendente fue que hubo una sola víctima mortal: un bombero madrileño que participó en las labores de extinción. Pero la destrucción material fue enorme.

Aquella noche coincidieron prácticamente todas las circunstancias que podían convertir un pequeño fuego en una catástrofe: casas de madera, calles muy estrechas y viento huracanado.  

El origen del fuego se sitúa tradicionalmente en el número 20 de la calle Cádiz, muy cerca de la Catedral y de los antiguos muelles.  Se empezó a extender entre las construcciones próximas empujado por el temporal con vientos de 140km/h que levantaba materiales encendidos, transportaba pavesas y favorecía que las llamas saltaran de un tejado a otro. En cuestión de horas, el incendio había dejado de ser un problema localizado para convertirse en una amenaza para todo el centro urbano.

Llegaron equipos de ayuda desde Madrid, Bilbao, san Sebastián, Burgos, Palencia y Asturias. Los bomberos recurrieron a demoliciones para frenar las llamas. En determinados lugares se utilizaron explosivos para derribar estructuras y crear cortafuegos, una medida extraordinaria ante un incendio que avanzaba impulsado por vientos muy intensos. Las brasas siguieron activas mucho tiempo. Aunque el gran avance del incendio fue contenido en menos de dos días, los rescoldos y las labores de extinción continuaron posteriormente.

La Catedral de Santander fue uno de los edificios históricos más importantes afectados por el incendio. Situada sobre el antiguo cerro de Somorrostro, dominaba el núcleo medieval de la ciudad. El fuego alcanzó el conjunto catedralicio y destruyó buena parte de la iglesia superior, especialmente sus cubiertas y elementos interiores. La iglesia inferior del Santísimo Cristo conservó gran parte de su estructura, mientras que la superior tuvo que ser sometida a una importante restauración y reconstrucción durante los años posteriores.


Una vez extinguido el fuego, comenzó otro desafío: reconstruir el centro de una ciudad que acababa de perder parte de sus edificios más representativos. Pero no se decidió levantar exactamente lo que había antes. Se diseñó un nuevo centro urbano, con avenidas más amplias, manzanas regulares, edificios de mayor tamaño y grandes espacios públicos que es lo que conocemos hoy.

La reconstrucción tuvo asimismo consecuencias sociales: numerosas familias de rentas modestas que habían vivido en el centro fueron realojadas en otros barrios, mientras el área reconstruida se orientó en gran medida hacia el comercio, las oficinas y las viviendas de mayor categoría. Por eso el incendio no solamente cambió la arquitectura, sino también la distribución de la población de Santander.


Nos situamos ahora frente al edificio de Correos en la plaza Alfonso XIII. Hace poco mas de 150 años, este espacio por el que paseamos era agua, estamos sobre terrenos ganados al mar. En el centro del recinto, un busto del monarca que pasaba los veranos en la Magdalena, la localidad adquirió de este modo un estatus social de los mas distinguidos de España atrayendo a aristócratas y grandes fortunas lo que se tradujo en la construcción de grandes hoteles, villas, palacetes y el casino, esplendor del que aun hoy disfruta.

edificio de Correos y Telégrafos

Esta plaza, conocida popularmente como la de las Farolas, reúne dos edificios monumentales que sobrevivieron al gran incendio de 1941: el Banco de España y el magnífico edificio de Correos y Telégrafos. 

Al antiguo Palacio de Comunicaciones lo describen como de estilo “regional montañés” por su robustez y monumentalidad. Las torres poligonales, los muros de sillería, los aleros del tejado, los arcos de medio punto de ventanas y puertas, dan al edificio un aire señorial. Especial atención merecen el reloj de la fachada y los leones de bronce de los buzones, como los de muchas sedes de Correos. La guía nos invita a conocerlo por dentro, dice que tiene un vestíbulo interior iluminado por una vidriera modernista que merece la pena.

A la izquierda, oculto por vallas de "no pasar, obras" se levanta la antigua sede del banco de España, un palacete que data del reinado de Alfonso XIII que descansa sobre las antiguas ruinas de una fortaleza que defendía el puerto de Santander, el castillo de San Felipe. 

Nos volvemos ahora a la derecha, hacia la estatua del capitán Velarde héroe en las guerras Napoleónicas. Está situada en el paseo de Pereda un poco mas allá de donde estamos parados. Su monumento abre la emblemática plaza Porticada llamada así popularmente, aunque lleva el nombre de Pedro Velarde, construida en el renacer de la ciudad tras el incendio que asoló la ciudad.

Pedro Velarde era cántabro y protagonizó el levantamiento popular del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra las tropas napoleónicas el general Murat junto a al también capitán Luis Daóiz y al teniente Jacinto Ruiz. Ese día, cuando se intentaba trasladar a los últimos miembros de la familia real fuera de España, estalló una revuelta popular contra los franceses. En el Parque de Artillería de Monteleón, los capitanes Daoiz y Velarde decidieron unirse a los ciudadanos sublevados, abrieron el arsenal, organizaron la defensa y utilizaron cañones para hacer frente a las tropas francesas. Resistieron junto a militares y civiles varias horas hasta que llegaron los refuerzos franceses. Los capitanes murieron aquel aciago día, mientras que el teniente Jacinto Ruiz, aunque herido, sobrevivió y los civiles lo evacuaron. Fue ascendido, se incorporó al frente en Extremadura sin recuperarse de sus heridas por lo que poco menos de un año más tarde, murió sin cumplir los 30. 


Esta historia me la se bien porque Jacinto Ruiz era ceutí de nacimiento y bautizado en mi parroquia de los Remedios. Un busto suyo adorna la céntrica plaza que lleva su nombre y todos los 2 de mayo desde 1892 le rendimos honores en Ceuta.

Avanzamos unos pasos, justo nos movimos hacia la plaza de las Atarazanas, detrás del edificio de correos, para contemplar la catedral de Santander. La guía se situó junto a un panel informativo sobre una rebelión que sufrió Santander en el medievo cuando el rey Enrique IV cedió la villa a D. Diego Hurtado de Mendoza, marqués de Santillana. A los santanderinos esto no les hizo ninguna gracia y la liaron. En esta plaza que antiguamente era un puente de unión entre la Puebla Nueva y la Vieja, a los pies de la catedral se enfrentaron los del pueblo con las tropas del marqués y les ganaron. Enrique IV dio marcha atrás en su decisión y nombró a la villa “muy noble y muy leal” títulos que aún conservan.


La plaza se llama de las Atarazanas porque antiguamente se situaban aquí los astilleros, debemos tener en cuenta que el agua llegaba hasta aquí por una ría representada hoy en el pequeño estanque que vemos junto a la acera. En el centro, un monumento dedicado a la Ascensión de la Virgen, advocación de la catedral que es el edificio dominante en la plaza, y al fondo la catedral y la iglesia inferior del Santísimo Cristo, porque el edificio de piedra que vemos son dos iglesias medievales construidas sobre un asentamiento romano. Mas de 2000 años de historia en un mismo sitio.

Aquí decidimos separarnos del grupo. Fui al baño en el café que estaba en la plaza y cuando salí ya no estaban por lo que me despreocupé y nos fuimos a visitar la iglesia y la catedral.


Entrando en la iglesia inferior a la izquierda te topas con las ruinas romanas bajo un pavimento acristalado. Las bóvedas se sustentan sobre columnas bajitas, casi entran ganas de agachar la cabeza. La iglesia inferior fue construida, entre otros motivos, para custodiar las reliquias en urna de plata de dos mártires cristianos: San Emeterio y San Celedonio, ambos eran soldados romanos ejecutados en Calahorra por su fe cristiana, durante las persecuciones del Imperio. 


La leyenda cuenta que sus cabezas llegaron milagrosamente a Santander en una embarcación de piedra. De hecho, una de las explicaciones etimológicas más aceptadas es que el nombre Santander procede de la evolución de la expresión latina Sancti Emeterii, es decir, San Emeterio.


Continuamos nuestra visita subiendo las escaleras y cruzando el arco de la torre campanario que forma parte de este conjunto histórico. Llegamos a la puerta de la iglesia superior levantada en el s.XIII sobre la del Santo Cristo. No nos dejan entrar, está acabando la misa en la catedral de Santander, quedan unos 5 minutos que debemos esperar. De mientras, estiro el cuello como una tortuga y veo que la entrada da acceso directo al claustro. Lo poco que distingo me gusta, es un bonito claustro medieval seguramente con mas de 700 años.

La chica nos avisa, podemos acceder, hay que pagar 2€ por barba. La verdad es que pagar en estos recintos no me cuesta nada, son patrimonio de nuestra historia, de nuestras costumbres, de nuestras creencias y siempre, siempre se aprende algo.

Descubrimos un patio ajardinado rodeado de cuatro galerías cubiertas de piedra. No es totalmente cuadrado, imagino que la planta trapezoidal se debe a su adaptación al terreno del cerro donde se encuentra asentada la catedral. Leo en alguna parte que este jardín era el cementerio de la antigua iglesia y anteriormente tuvo naranjos.

Sus arcos apuntados, sus columnas, los contrafuertes, las bóvedas de crucería con sus nervios de piedra nos hablan de un gótico de estilo cisterciense sencillo, sin grandes aspiraciones, elegante sin la ornamentación exuberante de otras catedrales españolas.

Vamos recorriendo las galerías descubriendo antiguos sepulcros y relieves funerarios de época bajomedieval, algunos están situados junto a los muros. Voy leyendo los paneles informativos, cuentan que este claustro no tenía una mera función religiosa, también se celebraban reuniones del gobierno municipal, sobre todo en la antigua sala capitular.


Llegamos a la puerta de acceso a la iglesia catedral que no tiene nada que ver con la iglesia inferior. Lo primero que llama la atención es la altura de sus bóvedas y la sensación de amplitud. Gótico puro: tres naves, la central más alta, arcos apuntados, más bóvedas de crucería y grandes pilares.

El retablo dorado que preside el altar si es barroco, churrigueresco me parece, la abundancia de detalles ornamentales y las esculturas religiosas contrastan muy mucho con la sobriedad del espacio gótico que lo rodea. Se lo trajeron de un pueblo de Valladolid pues la catedral perdió todo su mobiliario en el nefasto incendio. El cimborrio que se alza sobre el retablo y la girola si que pertenecen a la reconstrucción realizada tras el incendio que dejó la iglesia superior muy tocada.

En las capillas laterales también se nota el ornamentado estilo dorado menos en la del sepulcro de D. Marcelino Menéndez Pelayo. Santanderino de nacimiento y figura importante en las humanidades hispánicas.

Me ha encantado este templo a pesar de ser pequeñito, con tantas singularidades, sus dos iglesias, sus cicatrices presentes en los muros que dejan leer ese tiempo que le ha pasado por lo alto, dos mil años de historia escritos en piedra. 

Nos vamos, seguimos explorando Santander, aprovechamos que los buses son gratis para desplazarnos a la Magdalena, zona de veraneo de reyes y princesas.

 

sábado, 10 de octubre de 2026

Cabrales, San Vicente de la Barquera, las Secuoyas y Santander 21.09.26

 Lunes 21 de septiembre de 2.026. En el cuaderno de bitácora teníamos apuntados un par de lugares bastantes interesantes antes de abandonar Asturias: el mirador del pozo de la oración y arenas de Cabrales, el pueblecito del queso delicioso y pestoso a la vez.

Salimos temprano con la idea de desayunar en ruta. Tomamos la autovía y unos minutos mas tarde paramos en la cafetería de una gasolinera donde me zampé un bocata de tortilla con setas que estaba de lujo. Los demás me miraban con cara sorprendida, hacía mucho tiempo que no me veían comer con las ganas que lo estaba haciendo últimamente, y sin subir un gramo, que es lo mejor.


Continuamos adentrándonos en la montaña asturiana por una carretera amplia, magníficamente asfaltada y maravillosas vistas hasta llegar al mirador del Pozo de la Oración, una explanada a la derecha de la carretera en la que detenerse unos minutos a contemplar el paisaje: primero los verdes prados asturianos del concejo de Cabrales, bosques, laderas y al fondo, sobresaliendo casi de manera vertical, aparece el Picu Urriellu con sus 2519 metros de altitud. El naranjo de Bulnes no es la cumbre más alta de los Picos de Europa, pero si la que más impresiona por su enorme pared vertical, es una enorme torre de roca aislada en mitad del paisaje. A su cima no se puede llegar andando, hay que escalar, por eso durante años fue un desafío para el alpinismo español e internacional.

Estuvimos un buen rato disfrutando del sol y de las vistas. Recuerdo que le pedí a mi marido que me hiciera una foto con el Picu al fondo y cuando la vi dije ¿y donde está el Picu? ¿Dónde apuntaste? Cosas de hombres!

Un hombre mayor aparcado en un extremo de la explanada vendía hórreos. Desde el mostrador del que era el maletero abierto en su coche pudimos ver muchos, de distintos tamaños y diseños. Estuve mirándolos un buen rato, eran muy bonitos, rústicos, se notaba que los había fabricado él con sus manos y materiales muy básicos: cartón, papel madera y pegamento. No les faltaba detalle. Le compré uno pequeñito para exponerlo en mi vitrina viajera a la que ya casi no le cabe nada. Hasta la cajita de cartón que me dio para guardarlo había fabricado él.


Luego nos entretuvimos un rato tirando fotos desde todos los ángulos al Naranjo de Bulnes, incluido el ojo de cerradura de la estructura de piedra por la que si te asomas, ves centrado el Picu. Es como si esa montaña constituyera la llave de Cabrales.

Es hora de poner rumbo a Las Arenas de Cabrales, un pequeño pueblo donde nació el famoso queso asturiano.

Dejamos el coche en un parking céntrico al lado de un pequeño río y nos dispusimos a patear la calle principal mientras buscábamos alguna tienda de comestibles a ver si conseguíamos llevarnos un trocito de queso. Encontramos varias, el pueblo es muy pequeñito pero también es la puerta de entrada a todas las rutas que llevan al Picu y por tanto pasan por aquí muchos senderistas, alpinistas y turistas. Además, aquí está la cueva del queso de cabrales donde te explican como se madura para que esté tan riquísimo por lo que nos cruzamos con muchísima gente.


Nada mas cruzar el puente todo eran casas de piedra asturianas con carteles de hoteles, pensiones hostales o tiendas de productos típicos. La primera en la que entramos “el Rinconín” tenia de todo además de muy buena pinta. Compramos muchas cosas, bueno, Mariloli porque yo me llevé solo dos latas de cebollas rellenas que aún no he catado, las tengo guardadas como oro en paño. Echamos un rato charlando con el dueño, un señor muy agradable que nos aconsejó sobre conservas, quesos y vinos. Salió el tema de Ceuta, claro, en el momento en que te preguntan por tu procedencia debes saber lo que viene luego. Es generalizado, todo el mundo empatiza con los ceutíes.


Seguimos explorando la calle principal hasta que dimos con la “cueva de los quesos” otro local donde vendían además de quesos y sidra un montón de antigüedades. Me quedé encantada con algunas piezas que tenía aquella señora en sus estanterías, había verdaderas delicias de cerámica muy antiguas entre teléfonos de baquelita negra y herramientas pasiegas oxidadas. También pegué la hebra con la dueña por lo menos otros 10 minutos y hasta salió la figura de Don Pelayo, expresando nuestro deseo que levantara la cabeza y liderara una nueva “reconquista” esta vez en el Norte del Sur.


Fuimos a conocer las casas de piedra más antiguas del pueblo, algunas restauradas, otras abandonadas y volvimos para reanudar la ruta. Si algo claro saqué de aquella visita es que el Concejo de Cabrales es un territorio de pastores, cuevas, desfiladeros y pueblos encajados entre enormes paredes de caliza que forman parte de los Picos de Europa.


Nuestra siguiente parada ya era en Cantabria, el famoso pueblo de San Vicente de la Barquera. Los que hace ya 25 años nos enganchamos  a OT sabrán porqué lo digo, no se le caía de la boca a Bustamante el nombre de su pueblo, uno de esos lugares donde se entiende perfectamente aún a día de hoy, cómo el mar, la religión, el comercio y las montañas han marcado durante siglos la historia del norte de España.

Dejamos el coche en el aparcamiento de pago de la Barquera porque el parking del paseo marítimo estaba a reventar, dimos dos vueltas por lo menos y nada. De allí nos dirigimos andando al centro, cruzando el puente el de la Barquera. Desde aquí se veía perfectamente el mar a un lado, el puente antiguo de la Mata, el pueblo con su castillo y la iglesia en lo alto de la colina y detrás, los Picos de Europa. Una estampa espectacular.


San Vicente no pasaba de ser una modesta villa marinera hasta que en 1210 Alfonso VIII de Castilla le concedió un fuero especial junto a Santander, castro Urdiales y Laredo, las Cuatro Villas de la Costa de la Mar, que permitió impulsar su comercio, desarrollar el puerto y fortalecer su autonomía municipal. Como curiosidad: sus bravos marineros participaron tanto en las campañas castellanas del s.XIII para conquistar Sevilla como en expediciones a Terranova para la pesca del bacalao en sus caladeros.

En nuestro camino, nos topamos con un letrero que nos daba la bienvenida a la Puebla Vieja, el casco medieval de la villa y kilómetro cero del Camino Lebaniego, ruta que une el mar Cantábrico con el monasterio de Santo Toribio de Liébana, en Potes, quizás lo más importante a nivel cultural e histórico del pueblo.


Decidimos subir la empinada cuesta de la colina para explorarla, unas increíbles postales se contemplaban desde aquella subida, detrás nuestra, el mar, a nuestros pies la ciudad moderna, detrás las cumbres y frente a nosotros, la puerta de acceso a la ciudad medieval. El castillo del Rey te lo encuentras junto a la primera puerta, enarbolando la bandera española, un poco mas arriba nos topamos con la casa cuartel de la Benemérita, los juzgados y un edificio histórico con un montón de escudos en su fachada, es el palacio de la familia Corro, actualmente casa consistorial de la villa, antigua morada del inquisidor Antonio Corro, cuya tumba se encuentra en la cercana iglesia de santa María de los Ángeles, situada en la cima de la colina. 


 En nuestra errabunda ascensión llegamos a los pies una robusta torre de piedra nos indica que hemos llegado al lugar donde se recaudaban los impuestos, la torre del Preboste. En el cartel explicativo leemos que también se utilizó como prisión.


Acabamos nuestra visita a la Puebla Vieja junto a la joya de la corona, la iglesia de Santa María de los Ángeles, un bellezón medieval desde el que se pueden contemplar vistas inmejorables del pueblo. Comenzada a construir en el s.XIII, forma parte del Camino de Santiago del Norte y por tanto es Patrimonio de la Humanidad declarado por la UNESCO.


Durante la Edad Media, miles de peregrinos recorrían la costa cantábrica siguiendo el Camino del Norte, San Vicente constituía una parada en esta ruta debido al puerto, su situación geográfica y porque contaba con hospitales de acogida, de hecho, junto a la iglesia, se aprecian las ruinas del hospital de la Concepción, allí recibían asistencia y alojamiento los peregrinos que atravesaban la villa. Algunos de estos viajeros antes de continuar a Santiago, justo en Muñorrodero, desviaban sus pasos hacia el interior de Cantabria para visitar un monasterio que custodiaba una reliquia extraordinaria, un fragmento de la Santa Cruz. Así nació y se consolidó el Camino Lebaniego como ramal de la peregrinación hacia Santiago por el camino de Norte. A los peregrinos que se dirigen a venerar esta Lignum Crucis se les conoce como “crucenos o cruceros”.


Y como el hambre apretaba buscamos rincón para comer. “El Recreo” fue elegido, llegamos hasta pronto, la mesa nos estaba esperando y la camarera nos atendió estupendamente. Pedimos ensaladilla barquereña que llevaba unas sardinillas típicas de allí que se llaman “lanzón”, rabas riquísimas, y unas albóndigas de pescado que estaban de rechupete. También cayeron unas anchoítas del Cantábrico como no podía ser de otra manera.


Después de comer pusimos rumbo a Santander, queríamos descansar un rato pero antes, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, nos pasamos por el Bosque de Secuoyas de Cabezón de la Sal.

El navegador nos llevó hasta uno de los aparcamientos que esta aproximadamente a 500 metros de la pasarela. Fuimos caminando con pocas ganas, creo que a todos nos apetecía echarnos una siesta, el calorcillo, el susurro del bosque, la luz atenuada por los árboles…


Conforme avanzas por las pasarelas, comienzan a desaparecer las hayas, eucaliptos y abetos dando paso a otros árboles mucho más grandes, más altos, enormes, diría yo, de troncos rectos y gruesos: las secuoyas. Parece que estés en un escenario de película. Están plantadas bastante juntas, las copas forman una cubierta vegetal altísima, como la de una catedral. El tronco presenta un color rojizo oscuro muy bonito, la corteza parece esponjosa y fibrosa a la vez. Son preciosas, dan ganas de abrazarse a ellas aunque no se debe tocarlas. Las luces y sombras que se cuelan entre las hojas, ramas y troncos hasta donde estamos, hacen el lugar mágico.

 España no es un lugar donde crezcan de forma autóctona las secuoyas, no llegaron aquí de forma casual, ni se plantaron para crear un bosque turístico. Su existencia se debe a una decisión económica tomada durante la dictadura franquista. No todo iba a ser malo. Y lo mas gracioso, si aquella decisión hubiera sido un éxito, hoy no estaríamos paseando entre estos gigantes.


El régimen autocrático impuesto por Franco recién acaba la Guerra Civil consistía en reducir al mínimo las importaciones intentando producir en el país todo lo necesario. Necesitábamos madera para la construcción, la industria y el papel por lo que se decidió experimentar con una especie de árbol procedente de la costa occidental de Estados Unidos: la secuoya roja de California. Cantabria reunía condiciones parecidas a las que estas secuoyas encuentran en su hábitat natural: temperaturas moderadas, abundantes precipitaciones y mucha humedad. La finalidad de aquella plantación era económica, no paisajística. Se buscaba comprobar si estos árboles podían proporcionar madera de forma rentable. Sin embargo, con el paso de los años, otras especies como el eucalipto resultaron más interesantes para la industria papelera. El proyecto de aprovechamiento de las secuoyas perdió interés y los árboles permanecieron en el monte.


Hasta que en 2003 el gobierno de Cantabria declaró el bosque Monumento natural, aquellos árboles que habían sido plantados para cortarlos terminaron siendo protegidos para que nadie los cortara.

Hay 848 secuoyas que tienen exactamente 80 años. Muchas alcanzan los 40 metros, incluso 50 metros de altura. Y aunque parezcan viejas, son muy jóvenes. Estas plantas pueden alcanzar los 2000 años de edad y alturas de 100 metros.

Nos vamos ya para Santander, tenemos reservado para las siguientes tres noches el hotel Náutico un poquito alejado del cogollo pero con buenas referencias, además podemos guardar el coche aunque no tiene cargador. Nos paramos antes de llegar, en el de Reocín cerca de Santillana del Mar, localidad que visitaremos otro día. Mientras Tesla come, nos vamos a la cafetería a tomar algo. Faustino se queda con Mariloli pidiendo los cafés y Jose y yo bajamos a la tienda a por chocolate. Somos los tontos del chocolate, mas si es negro. Lo único que encontramos que calme nuestra ansia es una barra de toblerone grande de chocolate negro. 7 eurazos del ala nos cobran por la tableta. Muerta me quedo. Una media hora esperamos hasta que el coche avisó que estaba listo para continuar camino con las pilas a tope. Quedaban pocos kilómetros para destino.


El hotel es una monada, todo decorado en ambiente marinero, colores azules y blancos, rallas náuticas, detalles que huelen a mar. Está situado en el barrio pesquero muy cerca del puerto pesquero y de la estación de trenes aunque a unos 20 minutos andando de Puerto Chico o de la catedral. El aparcamiento era plaza al aire libre algo justa, tan justa que un par de veces Jose se tuvo que bajar de Tesla y aparcarlo desde el móvil. Increíble pero cierto, dentro de nada los coches vuelan.

Descansamos un ratillo y nos fuimos a patear el centro de Santander. ¡Que ciudad más bonita! ¡Que elegante! ¡Que santanderinos tan bien vestidos! Nos encantó. Me había cambiado de ropa, llevaba puesta la camiseta blanca y negra del Ceuta, me quedaba enorme (es de mi hijo) pero me sentía superbién con esos colores. La gente se me quedaba mirando, alguno incluso preguntaba, yo superorgullosa.


Caminamos por el paseo de Pereda, Subimos a las pasarelas del centro Botín, maravillosas las vistas desde allí arriba aunque a esas horas de la tarde ya hacía frio norteño. Continuamos por Puerto Chico  haciéndonos fotos con “los Raqueros” y acabamos cenando en Marucho, nos lo había recomendado María José, la hermana de Mariloli. La comida estaba rica y el marisco fresco pero las raciones eran escasas y algo caras. El local pequeñito, estaba llenísimo, las mesas dispuestas para los comensales con manteles de papel azul demasiado juntas unas de otras, casi que puedes mojar en el plato del de al lado. Las paredes repletas de retratos, Lola creyó reconocer a su hijo en una foto de aquellas y la verdad es que el chaval se parecía, pero no era. Una señora muy señoreada lo dirigía todo. Nos sirvieron un cuenco de sopa de ajo para abrir apetito, eso de regalo.


Después de cenar hubo helado y vagabundeo por las calles comerciales con escaparates de infarto super elegantes, ropa preciosa, alguna carísima ¡menos mal que todo estaba closed!  

Llegamos al hotel pasadas las 12 pm hora de descansar, al día siguiente tendríamos freetour por la bella capital cántabra.

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Fotos del 21.09.26

 

 

 

 

 

 

 




martes, 6 de octubre de 2026

Descenso del Sella y Ribadesella 20.09.2026

Domingo 20 de septiembre, amaneció una mañana soleada, llena de luz, perfecta para los planes escritos en el cuaderno de bitácora señalados ese día, el descenso del Sella. No todos, los cobardes nos quedábamos en tierra.

Me despedí de León con pena, me pareció una magnífica ciudad con mucho por ofrecer, es de recibo dedicarle más días.

Después de desayunar emprendimos camino hacia Arriondas a 170 km, ya en Asturias, punto de salida del descenso del Sella. Nos sorprendieron para bien la calidad de las carreteras asturianas, están perfectas, aunque la autopista era de pago y cara.

Llegamos a las instalaciones de Jaire Aventuras rozando las 12 de la mañana, dejamos a Tesla en su aparcamiento y nos dirigimos a la nave principal. Aquello tiene pinta de campamento de actividades para niños y adolescentes, también adultos con ganas: tirolinas, rocódromo, puentes colgantes, circuitos para hacer el mono, incluso mesas de madera con bancos corridos tipo camping. En la misma puerta las perchas con trajes de neopreno de distintas medidas y a su lado decenas de chalecos salvavidas. Había muchísimos chicos jóvenes en chanclas, bañador y camiseta preparándose para coger las palas y echarse al agua.

instalaciones Jaire Canoas

Nos atendió una jovencita rubia muy amable que nos explicó todos los detalles de la actividad: equipo necesario, recorridos posibles, duración de cada uno, donde guardar la ropa de repuesto para que no se mojara y lo mas importante, como llegar al pueblo andando para los gallinas. Lo único que exigían era saber nadar y preferiblemente llevar crema solar, bañador y escarpines.

Jose, nuestro único palista, tenía ilusión acumulada desde hacía años por completar este recorrido, no se si cumplió sus expectativas, lo que si cumplió fue su deseo. Se cambió, metió en el bidón que le facilitaron su ropa seca y pertenencias, se compró allí mismo una funda estanca para llevar el móvil colgado del cuello, se colocó el chaleco salvavidas y cuando ya estaba casi listo, volvió dentro a comprar una gorrita para protegerse del sol que andaba apretando.

Un monitor del complejo pidió a los participantes que cogieran las palas de un arcón cercano, Jose estuvo buscando una mas corta, pero todas eran iguales. Se colocaron alrededor del chaval que les dio algunas nociones de cómo funcionaba aquello y se dirigieron hacia la rampa de salida. Nosotros también fuimos. Situada en la parte trasera de la cabaña principal del complejo vimos una resbaladera de unos 7 u 8 metros que acababa en el río, una buena forma de comenzar el paseo con un subidón de adrenalina. Una vez embarcado, el monitor pedía alzar brazos agarrando las palas y te impulsaban por la resbaladera hasta acabar en el agua con un buen chapuzón. 


Nos encontramos con un grupo de jovencitos que iban a pasar el día, llevaban comida y bebida en bolsas de mercadona para montar un buen almuerzo río abajo. También coincidimos con una pareja de amigotes acompañados por un pastor alemán. Al perro se le veía un tanto nervioso, creo que no se fiaba mucho de la habilidad de su amo para mantenerlo a flote. No hubo manera de meterlo en la embarcación. Lo intentaron dejando la rampa atrás,  bajando hasta el río arrastrando la canoa, pero nada, no hubo forma, al final tuvieron que dejar al animal encerrado en el coche.

Llegó el turno de Jose, se subió, empujaron su piragua, pegó el gran zaleazo en el río y perdió la recién estrenada gorra que se quedó en la resbaladera. Antes de que lanzaran una nueva canoa, consiguió maniobrar y recuperar su complemento para protegerse del sol durante la travesía. Le dijimos adiós desde lejos y nos pusimos en marcha hacia el pueblo, a unos 500 metros de distancia. Teníamos por delante un par de horas o tres hasta reunirnos de nuevo. Había elegido el recorrido corto que acababa en el puente de Toraño unos 7km rio abajo, el largo acababa en Llovio pero eran 15 km, quizás para un día entero y aprovechar haciendo paradas para bañarse entre palada y palada.

Arriondas es una pequeñita población asturiana famosísima por el descenso del rio Sella, si no fuera por este acontecimiento que se celebra anualmente y se puede disfrutar cualquier día del año, el pueblo sería prácticamente invisible. Esta prueba nació en 1929 impulsada por Dionisio de la Huerta en la que participaban algunos amigos aunque pronto se hizo internacional y hoy la vemos convertida en una gran fiesta del verano asturiano.

Nada mas cruzar el puente no encontramos con la plaza del Ayuntamiento donde, como era de esperar, me hice la foto con mi bandera. En el centro de la plaza había un gran cañón. Nos contaron que es el que se utiliza para dar la salida el día del descenso después de cantar el “Asturias patria querida”.


Al cruzar al otro lado de la avenida descubrimos una pequeña capillita consagrada a san Antonio muy antigua, para, a continuación, el comienzo de un paseo que corría paralelo al río. Decidimos explorarlo ya que el día acompañaba y nos condujo, después de bordear unas casas, a un parque, a un enorme aparcamiento de coches para acabar en el barrio del Peruyal, famoso por las fiestas del Bollu organizadas por sus vecinos y porque conserva algunas casas típicas asturianas. 
Hacía mucha calor, buscamos una terraza para sentarnos a beber algo. Primero probamos en un sitio y preguntamos si había tapas o pinxos, ya iba siendo hora de echarse algo a la boca, pero nada, no le quedaba ni una bolsa de papas así que nos levantamos y nos fuimos al de al lado, Taberna el Camperu. Nos atendió una chica muy simpática, le pedimos unas patatas al cabrales que estaban de lujo y nos sirvió para entretener el gusanillo del hambre mientras el palista llegaba.


Jose tardó menos de dos horas en llegar a Toraño, llamó cuando acabó y nos dijo que estaba esperando el bus de retorno y que lo había disfrutado mucho. Le dimos la ubicación de donde estábamos y donde podía dejar el coche para reunirnos. De mientras habíamos estado buscando un buen sitio para comer y el elegido fue la sidrería La Llera a no mas de cinco minutos por la calle principal. El local y su terraza estaban hasta la  bandera, parecía que todos los palistas que vimos en el río se habían reunido allí para comer. El encargado nos sentó en una tienda que tenían frente al restaurante, de ambiente mucho mas tranquilo que el resto. Jose no tardó en llegar y una vez todos a la mesa pedimos. Mientras llegaba la comanda, el palista nos contó el paseo en piragua: el río es poco profundo, suele discurrir tranquilo en la mayoría de los tramos, aunque en algunas zonas se aligera entre rápidos suaves que le quitan rutina. Hay muchas zonas para pararse a comer, a bañarse o a disfrutar del paisaje, de hecho, se cruzó con grupos familiares o de amigos atracados en las orillas disfrutando del dia. En algunas zonas la piragua se atascaba y había que bajarse, a el le empujaron en una ocasión y en otra no le quedó mas remedio que bajarse y empujar, en fin, una aventura para repetir. Llegó nuestra comida, entre cachopos, pulpos, tomates azul asturianos y escalopines nos pusimos hasta la bola. Y para rematar pedimos postres, como si no hubiéramos comido bastante.



Hora de buscar el hotel y descansar un poco. Llegamos a Ribadesella en pocos minutos, una villa marinera localizada en pleno camino de Santiago del Norte, muy cerca de Arriondas, unos 16-18km. Nuestro destino era el jardín de Eugenia, un hotelito familiar monísimo ubicado a pocos minutos andando del pueblo, en una casona señorial reformada con mucho encanto. Nos recibió un joven cuarentón, al parecer hijo de Eugenia, que vivian en la casa de al lado, custodiado por dos grandes perros, tan mansos que nos contó se solían asustar de la gente. Nos entregó las llaves de las habitaciones, eran de las antiguas, acompañadas de la de la puerta de la calle, por si llegábamos tarde y un llavero de esos que no caben en el bolsillo del pantalón. 

En las cómodas zonas comunes decoradas con cierto aire oriental y mucho gusto, descubrimos una hermosa terraza en la que crecía un peral. José cogió un par de ellas por si apretaba el hambre.


Cada habitación lleva el nombre de alguna planta, la mía era las Calas, en el cabecero de la cama tenía pintado un bonito ramillete de ellas. También en la mampara de la bañera las tenía serigrafiadas. Toda la decoración en blanco, negro y plata, colcha blanca impoluta, suelo de madera, techo abuhardillado con ventana al cielo bien aislada. Por poner alguna pega, el el baño había bañera, hubiera estado mejor un plato de ducha. Me recordó muchísimo a un hotel de Catania, Sicilia, también ubicado en una casa familiar decimonónica reformada, como esta, con muebles originales y decoración noble aunque bastante ajada. Aquí todo estaba nuevo e impecablemente limpio.

Después de descansar un rato nos echamos a la calle, la tarde estaba preciosa, la luz del sol reflejándose en la ría dejaba unos colores maravillosos. Soplaba una ligera brisa apetecible después del calor mañanero. Fuimos andando, cruzando el pueblo por el paseo marítimo que estaba muy animado, hasta alcanzar el paseo de la Grúa construido hace un par de siglos como camino de sirga para empujar los barcos desde tierra y luego  hasta los acantilados del final. 


Me subí a las rocas y tuve vértigo, aunque el paisaje era maravilloso. Desde allí veíamos a los surfistas esperando la ola entre nosotros y playa Marina, casi metidos en la ría. Al otro lado del río está la imagen mas elegante de Ribadesella. 


A principios del s.XX el lugar se convirtió en uno de los destinos veraniegos mas solicitados por las clases acomodadas españolas del norte junto a Santander y San Sebastián. En esta parte del río se levantaron chalets, palacetes indianos y casas que constituyen a día de hoy un pequeño museo de arquitectura de principios del XX


Volvimos disfrutando del paseo, examinando los dibujos de Mingote incrustados en los muros que contaban la historia de la villa, desde la prehistoria hasta la visita de los entonces príncipes de Asturias Felipe y Letizia. Fue un placer.


Luego nos metimos por las callejuelas interiores y descubrimos una iglesia un tanto extraña, la  Iglesia de Santa María Magdalena de Ribadesella estaba cerrada y solo pudimos contemplar su exterior un tanto ecléctico, con un gran Cristo en la parte superior de la portada que presenta los brazos abiertos en acogimiento entre dos altas torres. Luego leí mas sobre ella, la original fue destruida en la Guerra Civil, la actual es de factura muy reciente. Lo mas importante son las pinturas de su cúpula. Aunque la iglesia medieval fue muy importante al ser lugar de parada de los peregrinos del camino de Santiago del Norte, se decidió reconstruirla al estilo moderno.


Llegó la hora de la cena y que mejor en Asturias para despedirnos que una sidrería, le preguntamos a Mr. Google que nos recomendó una sidrería del paseo marítimo, el Tarteru, un sitio sencillo, pequeñito de manteles de papel y mesas apretadas. Probamos su sidra, mejillones, chorizos a la sidra, zamburiñas, pulpo y otras exquisiteces por supuesto. Al lado había algunos metiéndose entre pecho y espalda arroz caldoso y cachopo que a aquellas horas se me hacían de lo mas indigesto. Rematamos la ingesta con un helado de camino al hotel.

Pasando cerca de unos pisos de vecinos escuchamos jaleo, música, pasodobles, una orquesta en directo animando un fiestorro que debía estar de lo más concurrido. Eran las fiestas de San Miguel del barrio El Cobayu, muy cercano a nuestro hotel. Acabaron ese domingo con fuegos artificiales que oímos ya desde la habitación.

Me quedé frita nada mas poner la cabeza en la almohada, oyendo de fondo los sones de la orquesta que animaba la verbena riosellana.

 

Fotos de Arriondas y Ribadesella pinchando en el enlace PHOTOS