Y nos metimos de lleno en la Selva Negra. Después de un buen desayuno buffet en el Mercure subimos al bus para desplazarnos por una ruta de montaña boscosa preciosa, plagada de árboles y verde prados de cuento, hasta llegar al valle de Gutach. Íbamos a conocer el museo al aire libre Vogtsbauernhof.
Las primeras granjas de esta región son del s.XVI. Es una zona tan fría, tan umbría, tan desconocida y de terreno tan difícil de cultivar que los campesinos alemanes solo se establecieron cuando comprobaron que monasterios y conventos se asentaban. Normalmente, eran fincas autosuficientes, distantes unas de otras, pertenecientes a agricultores y ganaderos. Los artesanos que se dedicaban a otros oficios como molineros, carpinteros, herreros, panaderos, tejedores, zapateros, lateros, sopladores de vidrio, etc que les faltaban en la granja, solían establecerse en ella temporalmente mientras atendían los trabajos necesarios.
Acercándonos a la zona, pudimos descubrir desde el bus troncos apilados, serían aserraderos, en definitiva industria maderera. Luego nos contaron que en la zona se dedican a la silvicultura. Tuve que consultar que era exactamente aquello pues me sonaba a algo así como a "cuidar del bosque", en este caso, selva, pero el concepto es un tanto mas complejo.
Estos parques naturales me encantan, debo tener parte de alma de perroflauta, aunque no creo que durara mas de 24h seguidas entre hierbas y bichos. Me entusiasmó el de Rumanía y me ha encantado este. Se trata de un lugar maravilloso para retroceder en el tiempo, entre caserones antiguos típicos de la Selva Negra, de distintas regiones y de distintas épocas, trasladados pieza a pieza desde sus lugares de origen. Algunos con más de 400 años encima.
Vimos varias casas solariegas totalmente amuebladas, con utensilios de cocina, vajillas, retratos, cachivaches, ropa, juguetes, herramientas, cestos a medio hacer, carruajes...parece como si sus inquilinos puedan aparecer por alguna esquina para llamarte la atención por invadir su casa.
Primero fuimos al molino hidráulico de grano que, según cartel de la entrada, data de 1609. Laura nos explicó como funcionaba, cuáles eran las partes nuevas y las antiguas. Una vez comprobado que había grano en la tolva, intentó ponerlo en marcha pero el caudal de agua que lo activa era tan canijo que aquello no funcionó.
La segunda visita fue para la finca que da nombre al lugar, la granja Vogtsbauernhof, grande, preciosa, imponente, la única que aún se conserva en su lugar original, con sus muros de piedra y su tejado con faldón de madera y paja que protege los muros de vientos helados y nieve. Un edificio histórico en perfecta simbiosis con su entorno que data de 1612. Estuvo habitada hasta los años 60 del siglo XX, trece generaciones de la misma familia pasaron por aquí. Fue museizada a partir de1964 (primer edificio que se abrió al público). Delante posee un jardín de hierbas aromáticas y medicinales además de un huerto, cercanos se sitúan un granero-almacén, una fresquera, un WC, el molino y la panadería-destilería.
La casa consta de tres plantas, en la primera, cocina con tres hogares (uno por familia), comedor, salón y en la parte de atrás la cuadra. Es donde se generaba el calor. En la segunda, dormitorios unifamiliares y en la tercera, para que el calor no se escapara, se ubicaba el pajar.
Estos edificios suelen tener varias entradas, una o mas por la planta baja, otra por escaleras exteriores que van al primer piso y además un gran portón en el segundo piso, en la arte de atrás, aprovechado el desnivel del terreno con una rampa.
Como curiosidad, la cocina de esta vivienda, y también de las que vimos luego, no tiene chimenea, para aprovechar el calor y el humo. Paredes negras negras, el humo que generaban los fuegos se utilizaba para ahumar alimentos y el calor para calentar la casa. Salía por unos agujeros en el techo. Claro, las señoras pagaban las consecuencias, cuentan que un granjero solía quedarse viudo al menos tres veces a lo largo de su vida. Estas viviendas eran compartidas por mas de una familia, según entendí. Por lo visto había habitaciones unifamiliares, muchas veces para profesionales que trabajaban en la parcela: el panadero, el zapatero, carpintero...
Junto a la cocina, el salón comedor con varias ventanas que dan al frontal de la casa y una estufa de azulejo verde refractario que se calentaba desde la cocina. Lo de los ventanales era un símbolo de status social: a mas cristales, mas dinero. En una esquinita camuflado entre el revestimiento de madera, un pequeño panel deslizante donde esconder una herradura, símbolo de superstición que debía esconderse por si aparecía la autoridad eclesiástica. Aquí eran todos muy apretaditos con la religión pero las leyendas del bosque negro podían mas.
Los dormitorios en el piso de arriba mostraban unas camas mas bien cortas debido a la costumbre de dormir semierguidos, por si había que salir corriendo, temían mucho al fuego. Y mas arriba, el pajar, ahí se guardaban los carros, maquinaria pesada, etc. la perspectiva para ver como está construido el enorme techo de la vivienda desde aquí es perfecta. Dejan un espacio prácticamente diáfano en el pajar.
Se pueden ver los vestidos que utilizaban los lugareños, fue la primera vez que vimos a tamaño original el sombrero de pompones rojos, el bollenhut que portan las solteras. Si tu corazón no está disponible, entonces debes llevarlo en negro.
Y subimos al enorme espacio del pajar, grande amplio, diáfano y bastante mas luminoso que el resto de la casa.
En la parte baja, atrás, una amplio establo para caballos y ganado con aperos, monturas, un poco de todo. Fuera, en edificios separados, la destilería y la panadería además de una pequeña fresquera cercana a un abrevadero de agua continua, para guardar leche y alimentos perecederos.
Luego nos dejaron disfrutar por media hora del parque, aunque me hubiera quedado todo el día.
Casi no dio tiempo a conocer el Hippenseppenhof, otra finca de 1599, el tipo de casa mas antigua conocida de la Selva Negra. Es muy reconocible por el Cristo crucificado del frontal al que acompaña Longinus. Fue la primera casa transferida al museo desde otro lugar.
Vimos un par de ellas más a toda prisa. Nos quedaban 4 o 5 minutos así que corrimos hacia una construcción con una cruz en lo alto del tejado de paja, en su puerta un chiquillo de cartón daba la bienvenida a los visitantes.
Una trupe de niños salió corriendo del recinto entre gritos y risas, entramos y vimos que la antigua capilla se había convertido en un taller para jovencitos que inundaban el lugar. En lo alto, un intrépido guerrero de paja nos miraba desde su otero.
¡Que visita tan bonita! Que manera de preservar el pasado tan especial, tan respetuosa con las tradiciones y el medio ambiente. Me encantó, se me hizo tremendamente corto. Me hubiera gustado ver a los artesanos que suelen exponer sus trabajos y hacen "making of" los fines de semana, me hubiera gustado tener mas tiempo para explorar bien algunas de las dependencias de las casas convertidas en museos, como la del bosque con laberinto, la de los trajes regionales, la de los relojes o la que tenia la historia de la tarta "selva negra". Me hubiera gustado ver los animales, solo dio tiempo a las cabritas, el resto nada, me hubiera encantado disfrutar por lo menos un par de horitas mas de aquel lugar tan singular.
Al salir hicimos un kit kat en la tienda del parking, era enorme y había un montón de relojes de cuco además de muchísimos adornos de navidad. Me quedé embobada observando el detalle de los relojes, personajes en escenas cotidianas, pequeños animales, abetos, ciervos,,, todo con un mimo maravilloso, daban ganas de gastarse el dineral que costaban.
Recuerdo cuando era pequeña que en mi casa había uno de estos, aun vivíamos en Teniente Arrabal, la cuesta de los Remedios, yo debía tener menos de 8 años. Mi padre lo trajo una noche cuando volvió de trabajar y lo colgó en la salita. No era muy grande pero si muy alegre. Tenía un péndulo y dos piñas de contrapeso. El motivo principal eran hojas de hiedra rodeando la casita del cuco. Se vino con la familia a los grupos Alfau pero cuando nos volvimos a cambiar de casa ya le perdí la pista.
Llegaba la hora de comer, esta vez en un restaurante cercano que sonaba a griego Alexandros. De primero la conocida ensalada de lechugas variadas con zanahoria, remolacha y apio rallado y de segundo Bifteki, un pastel de carne picada relleno de queso feta, cocinado a la brasa y acompañado con patatas y tzatziki. ¡riquísimo! Creo que casi nadie pudo con el rulo entero a pesar de lo bueno que estaba. Y encima postre, yogurt griego con miel y nueces. Nada mas que acordarme me indigesto.
Aunque el programa marcaba regreso a Offenburg, con tiempo libre hasta las 18h que era la misa en la parroquia de san José, Marta nos dio una pequeña sorpresa, decidió que nos llevaría a ver el reloj de cuco mas grande del mundo que andaba muy muy cerquita. En realidad eran dos, el mas grande a lo ancho y el mas grande a lo alto 😀en dos localidades muy cercanas que además, me di cuenta mirando Maps, se localizaban a un suspiro de Triberg.
Nos hicimos un millón de fotos con él. Dicen en la web que ya no es el reloj mas grande del mundo, porque en el vecino pueblo de Schonachbach o algo así, construyeron uno mayor. (Rivalidades adolescentes de quien lo tiene mas grande). Fuimos a visitarlo.
Aunaba el arte del reloj de cuco de péndulo y pesas de piña, y la belleza de las casitas antiguas alemanas de madera vistas con sus símbolos en la fachada. Precioso. Se podía visitar por dentro, costaba 3€ aunque ninguno se decidió.
Serían las 4 de la tarde cuando ya estábamos camino a Offenburg. La misa se adelantó a las 5, llegamos en hora a la parroquia de san José, muy cercana al hotel. Ofició el padre Mauricio y nos encantó. El padre Matías concelebró con su perfecto español de marcado acento alemán.
En el hotel estábamos a las 6. Deberíamos haber pedido a Marta que nos acercara al centro, a los que hubiesen querido, aun era de día, podríamos haber explorado un poco el pueblo del que solo recorrimos una calle el día anterior y volver a las 20h para cenar. Creo que a nadie se le ocurrió. Fue entonces cuando la mayoría, al entrar en sus habitaciones, se percataron que no había pasado por allí la camarera de piso ni para estirar sabanas, ni para cambiar toallas.
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