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miércoles, 21 de octubre de 2026

Castro Urdiales y Santoña 23.09.26 mañana

Un nuevo día radiante amanece en Santander. Voy con las pilas cargadas, lo que llevo escrito en el cuaderno de Bitácora me apetece mucho, tenemos pensado conocer la costa Este de Cantabria: Castro Urdiales, Santoña y lo que de tiempo. 


Antes de pillar ruta vamos a desayunar cerca del puerto a un bareto de tortillas, la Playa, se llama. Tiene buena pinta y si, hay montones de tipos de tortillas en la carta. Nos atiende una chica del Este, lo mismo es ucraniana, no se, pero si que es simpaticona y habla muy bien el español. Dice que hechas hay tortilla de papas y de bonito y que nos pueden hacer la que queramos. Mariloli y yo nos pedimos tostadas con aceite y tomate, la mía también con jamón. A mi love le pido un pincho de la tortilla de bonito y así la pruebo. Jose se pide una francesa con rodajitas de tomate. Nos sirven en un pispas. Ya estamos listos para patear lo que haga falta.


Unos 50 minutos mas tarde llegábamos a una de las cuatro famosas villas de Cantabria, Castro Urdiales. No dejo de preguntarme de donde sale ese nombre tan sonoro y alegre. "Castro" es latín puro: castrum, de castillo, fortaleza, ciudadela o recinto amurallado, pero lo de Urdiales... no se, hay que preguntárselo a la IA. Me da varias opciones. A mi la que mas me gusta es que es una palabra que tiene su origen en los pobladores primigenios de la ciudad, los Vardulies una tribu celta. Y de Castrum Vardulies derivó en Castro Ordiales y por fin Castro Urdiales. 

Los orígenes de Castro Urdiales se remontan a siglos anteriores a la dominación romana. En el siglo I d.C., los romanos durante el gobierno de Vespasiano, (el emperador del coliseo de Roma) la bautizaron Flaviobriga. Sin embargo, fue durante la Edad Media cuando Castro Urdiales adquirió una extraordinaria importancia. En el año 1163, el rey Alfonso VIII de Castilla le concedió el fuero de villa, Castro se convirtió en uno de los puertos más destacados del litoral cantábrico, participando en el comercio internacional de mercancías. De aquellos siglos de esplendor procede buena parte del extraordinario conjunto monumental que vamos a descubrir durante nuestro paseo.

Empezamos caminando tranquilamente junto al mar. A un lado se extiende la bahía, con sus pequeñas embarcaciones amarradas y las aguas protegidas del puerto; al otro, las terrazas, las viviendas y los edificios históricos nos recuerdan que estamos en una localidad con siglos de tradición marinera.

Dejamos a Tesla bien custodiado en el parking del puerto mientras hacíamos nuestro recorrido por la animada ciudad. Nos íbamos encontrando algunas excursiones de turistas disfrutando de su paseo entre el mar, la historia y las tradiciones de la villa. El paseo marítimo es uno de los rincones más agradables y representativos de esta localidad cántabra, una ciudad que ha sabido conservar su esencia marinera combinándolo con un importante patrimonio medieval.


Lo primero que llama nuestra atención es la extraordinaria estampa que forman el puerto, las embarcaciones de pesca y, elevándose sobre un promontorio rocoso, la imponente iglesia de Santa María de la Asunción y el castillo-faro de Santa Ana. Esta imagen, con el mar Cantábrico como telón de fondo, constituye una de las panorámicas más hermosas de la city.


En medio del paseo, las letras del nombre nos invitan a pararnos para hacer varias fotos. Llevo la camiseta de Ceuta con el Hércules, sigo pendiente sin dejar de estarlo un minuto de la situación de mi ciudad. Es horroroso lo que está pasando y lo que estamos pasando.


Nos vamos acercando al puerto pesquero, decenas de barquitos se mecen en las aguas tranquilas de la bahía. Entre las actividades tradicionales de la villa destacaban la pesca de la sardina, el bonito, la anchoa y el besugo. También tuvo importancia histórica la pesca de la ballena, actividad que aparece representada en el propio escudo municipal que lo encontramos plantado en el suelo.


Una curiosa representación de una enorme ballena aparece junto a la pared del muelle sur del puerto. Según esté de alta la marea se la verá mas o menos.  En el mismo muelle arriba, vemos una escultura metálica un tanto rarita, hay que acercarse para ver bien que es.


Se trata de una antigua embarcación ballenera impulsada por remos, con un arponero preparado para lanzar su arma que va acompañado de su perrito. Es un monumento que recuerda una de las actividades económicas más importantes de la historia de Castro Urdiales: la caza de ballenas, que durante siglos proporcionó trabajo y sustento a sus habitantes. 

Entre los siglos XIII y XIV Castro Urdiales desarrolló una importante actividad ballenera. La villa disponía de embarcaciones y marineros especializados en la captura de estos enormes cetáceos, una actividad que requería experiencia, valentía y una extraordinaria coordinación entre los tripulantes. La especie que principalmente cazaban era la ballena franca glacial, un animal que podía alcanzar de 15 a 17 metros de longitud. Estas ballenas frecuentaban antiguamente las aguas del golfo de Vizcaya, especialmente durante los meses más fríos, por lo que su presencia era aprovechada por los pescadores de los puertos cantábricos. La importancia de esta actividad fue tan grande que la ballena terminó convirtiéndose en uno de los símbolos de Castro Urdiales como vimos en el escudo municipal.

En la actualidad, las ballenas son animales protegidos, la caza pertenece al pasado y su presencia en el mar Cantábrico es un valioso testimonio de la riqueza natural de estas aguas.


Mientras avanzamos, podemos observar que la silueta de la iglesia y el castillo se hace cada vez más impresionante. Ambos edificios parecen vigilar desde lo alto la entrada al puerto, como si todavía estuvieran protegiendo la antigua villa medieval. 


En nuestro caminar por el paseo marítimo encontramos uno de los conjuntos escultóricos más entrañables y representativos de la tradición marinera de la ciudad: el Monumento a las Rederas, una obra dedicada a aquellas mujeres que durante generaciones desempeñaron un trabajo fundamental para la supervivencia de las familias pescadoras. La obra lleva por título "El pueblo de Castro a sus mujeres del mar", dedicatoria que puede leerse en su placa.  Vemos a dos mujeres sentadas frente a frente, concentradas en una tarea otrora cotidiana: reparar las grandes redes utilizadas por los barcos de pesca. Durante siglos, la economía de Castro Urdiales dependió fundamentalmente de la pesca y este oficio ya prácticamente desaparecido era fundamental para asegurar buenas capturas.


Al aproximarnos ya al extremo del puerto llegamos a uno de los lugares más fotografiados de Castro Urdiales: el puente medieval de Santa Ana, una elegante construcción de piedra con un único arco apuntado, característica propia de la arquitectura gótica. Aunque popularmente se conoce también como puente romano, su origen es medieval. Su función era comunicar el cerro donde se levanta la iglesia de Santa María con un pequeño peñón rocoso sobre el que se encuentra la ermita de Santa Ana. Bajo el arco del puente, el mar penetra entre las rocas. Debe ser espectacular con las aguas bravas.


Subimos los estrechos escalones del puente Viejo para llegar al castillo. Desde lo alto las vistas al espigón del rompeolas son estupendas. También de la pequeña ermita de santa Ana, una pequeña estructura  con techumbre de tejas rojas que leo era un espacio de culto muy antiguo, aunque la actual reconstrucción es de 1941. En este lugar se han encontrado restos anteriores a la época romana, de ahí su importancia.


Continuamos ascendiendo, nos acercamos al castillo de Santa Ana, una fortaleza medieval que constituye uno de los símbolos más reconocibles de Castro Urdiales. Su construcción se sitúa entre finales del siglo XII y comienzos del XIII, coincidiendo con la época de mayor expansión de la villa. El castillo formaba parte del sistema defensivo de la ciudad. Su situación estratégica, sobre una elevación rocosa que domina el puerto, permitía vigilar el tráfico marítimo y proteger la población frente a posibles ataques llegados del mar. La fortaleza presenta gruesos muros de piedra y torreones cilíndricos que todavía conservan buena parte de su aspecto original. Al observarla desde el exterior, resulta fácil imaginar a los antiguos centinelas vigilando el horizonte y esperando la llegada de barcos mercantes o de embarcaciones enemigas. 


En el siglo XIX se instaló un faro sobre uno de sus torreones. Hoy el castillo constituye un espacio histórico y cultural, utilizado también para exposiciones. Desde sus alrededores disfrutamos de unas vistas magníficas del Cantábrico, el puerto y los tejados de la ciudad. 


Las gaviotas sobrevuelan nuestras cabezas. No son pavanas, son mas pequeñas. Algunas se posan sobre las murallas del castillo. Parecen domesticadas, no tienen miedo de la gente, no son agresivas. Una señora les está dando algo de comer. Mariloli le pide a la señora algunos granos y acerca su mano al pájaro, la gaviota come plácidamente.


Entre el castillo y la iglesia podemos observar unas piedras y un arco que no son más que las ruinas de la antigua iglesia de San Pedro, un pequeño templo de origen románico que nos recuerda que este lugar ya tenía importancia religiosa antes de la construcción de Santa María.


A pocos pasos del castillo-faro se encuentra el monumento más espectacular de Castro Urdiales: la iglesia de Santa María de la Asunción. Construida entre los siglos XIII y XV, está considerada una de las obras más importantes de la arquitectura gótica de Cantabria. Su construcción coincidió con una etapa de prosperidad económica de la villa, cuando los comerciantes y marineros castreños mantenían importantes relaciones con los puertos del Atlántico europeo.

 El edificio impresiona por sus grandes dimensiones, sus robustos contrafuertes, los arcos apuntados y la verticalidad de sus muros. Parece una gran catedral de hecho, posee elementos que lo afirman. 

Santa María se levanta sobre una explanada rocosa abierta al mar, lo que le proporciona una presencia verdaderamente majestuosa. Actualmente está vinculada al conjunto de los Caminos de Santiago del Norte, inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.


Descendemos por la parte posterior de la iglesia hacia la villa medieval, encontramos una estatua en bronce del emperador Vespasiano. Es un homenaje del actual Castro Urdiales al fundador de la colonia Flaviobriga. Un poco más tarde, por el centro histórico, daremos con otro lugar que conserva ruinas romanas.

Toda esta explanada tan abierta está rodeada de restos de murallas medievales, aquí sitúan  también el castillo del rey Alfonso.

Ayuntamiento de Castro Urdiales

Abandonamos los grandes monumentos que dan fama a la villa para adentramos en el Castro Urdiales más antiguo. Llegamos a la plaza del Ayuntamiento y como no, saco bandera y me hago la foto. Es una plaza abierta hacia la bahía, rodeada de edificios históricos, soportales y establecimientos de hostelería. El Ayuntamiento que tiene su origen en el siglo XVII, aún conserva su característica torre almenada. 


Cerca encontramos la zona porticada conocida como La Correría, tradicional lugar de paseo, comercio y encuentro de los vecinos. En este entorno también destaca la Casa de los Chelines, construida en 1902, un bello ejemplo de la arquitectura de comienzos del siglo XX.

Recorremos las calles céntricas que conservan parte del entramado de la puebla vieja, son más estrechas, vemos antiguos muros de piedra, algunas viviendas muestran portales de grandes dovelas y elementos arquitectónicos que nos trasladan varios siglos atrás.

Entramos en alguna tienda de alimentación y esta vez si compro sobaos pasiegos y una quesada, pienso que aun es pronto pero no me puedo contener, me encantan.

yacimiento de Flaviobriga

Y es en una de estas cuando aparecen los restos romanos de Flaviobriga la colonia fundada por Vespasiano en honor a la familia Flavia, en el antiguo Portus Amanum, dentro de la provincia Tarraconense en los confines del Imperio.
Un centro de interpretación exhibe este yacimiento de aquella ciudad romana con 2000 años de antigüedad con calles organizadas, viviendas, edificios públicos e infraestructuras de abastecimiento de agua. Además, Flaviobriga quedó comunicada con el interior peninsular mediante una calzada que enlazaba la costa con Pisoraca, la actual Herrera de Pisuerga, en Palencia. Fue la única colonia romana conocida de la costa cantábrica y se convirtió en un importante centro comercial del norte de Hispania, relacionado especialmente con la explotación y comercialización del hierro de la comarca.

Para saber mas sobre Castro Urdiales pinchar en el enlace: CASTRO URDIALES HUELLAS

Nos vamos, Castro Urdiales me ha parecido una ciudad costera preciosa: la luz, el mar, la elegancia del paseo marítimo, su tradición marinera, su pasado histórico... una joya de la comunidad cántabra. Ponemos rumbo a Santoña, no está muy lejos, una media hora. Me hubiera gustado parar en Laredo pero la vaca no da para mas. 

Lo mismo que me encantó Castro, Santoña me decepcionó. Pienso que iba con muchas ganas de inflarme a comprar anchoas y no hubo manera, en todos los comercios donde entramos nos aconsejaron no hacerlo con estos calores si no las conservábamos en frio. Nos tuvimos que conformar con probarlas. 

faro del Caballo

Dejamos a Tesla en la calle Méndez Núñez y fuimos a pie por la avenida Virgen del Puerto buscando el paseo marítimo. A nuestra izquierda bordeábamos el monte Buciero una imponente mole rocosa que condiciona la orografía de la ciudad. No había investigado demasiado, solo tenía conocimiento de que al otro lado del monte se encontraba el famoso faro del Caballo y que la península que forma esta montaña, está rodeada por varias baterías defensivas y dos faros y dos o tres fuertes. Había comprobado en internet que el faro del Caballo estaba cerrado. Me ahorraba los 760 escalones que hay que bajar y subir para conocerlo y las dos horas de caminata hasta completar el recorrido. 

iglesia de Santa María del Puerto

Pasamos ante la iglesia de Santa María del Puerto escondida tras un portón y una reja protectora a nuestra izquierda, en la avenida por la que transitábamos que lleva su nombre. Le eché un vistazo de lejos, estaba cerrada o eso pensé. La tradición cuenta que fue fundada por el mismísimo Santiago Apóstol en el año 37 cuando pasó por Hispania con categoría de catedral. Este origen legendario puede ser el motivo de que el Camino de Santiago del Norte pase por Santoña. El edificio actual es del s.XIII un románico de transición al gótico, contiene la talla de la titular de la misma época, una imagen sedente que dicen fue llevada en el primer viaje de la Nao Santa María a tierras indias, el viaje del Descubrimiento.

Para saber mas pinchar en el enlace: Iglesia Santa María del Puerto

al fondo, fuerte de San Martín

El pueblo se extiende en una llanura a los pies del monte, frente al mar por un lado y las marismas por otro. No hay cuestas, es fácil patearlo. Empezamos por el paseo marítimo, le llaman el Pasaje. A nuestra izquierda mirando al mar vemos el fuerte de San Martín, una de esas estructuras defensivas tan necesarias en otros tiempos para defenderse de invasiones no deseadas. 

Desde aquí hay unas magníficas vistas a la bahía, hay gente bañándose, se accede al agua por escaleras como las de las piscinas o por rampas, los bañistas toman el sol en hamacas de cemento que deben ser bastante incómodas. 


hamacas del paseo marítimo


Vemos barcos entrando y saliendo, traen y llevan turistas a dar paseos por la bahía. Seguramente llegarán hasta el faro, es lo más famoso del lugar. Frente al pequeño embarcadero utilizado por los barcos turísticos se alza un monumento al mas famoso santoñés de todos los tiempos, Juan de la Cosa.
Sobre las columnas de Hércules con los escudos de los Reyes Católicos se alza la Nao Santa María.

monumento a Juan de la Cosa

Este navegante y cartógrafo, nacido probablemente en Santoña hacia mediados del siglo XV, participó en algunas de las grandes expediciones marítimas que cambiaron la historia del mundo. Fue propietario de la nao Santa María, utilizada por Cristóbal Colón durante su primer viaje a América en 1492 que salió de aquí de Santoña dirección a Palos. También participó en otras expediciones de exploración del continente americano. Pero su legado más extraordinario es su célebre mapamundi de 1500, considerado la representación cartográfica conservada más antigua en la que aparece América. Este documento refleja el enorme avance de los conocimientos geográficos que se produjo después de los primeros viajes transatlánticos.
Otro santoñés famoso fue el Almirante Carrero Blanco, presidente del gobierno de España, asesinado en atentado terrorista en 1973. También tiene su homenaje en este paseo marítimo. 

Homenaje al carnaval del Norte

Entramos al pueblo por una placeta en la que encontramos un gran besugo de metal oxidado acompañado de varias figuras humanas negras. La inscripción cuenta que es un homenaje al carnaval del Norte y en especial a un acto que se llama "el juicio en el fondo del mar".

Dimos varias vueltas por el pueblo que estaba bastante animado, entramos por lo menos en 5 o 6 comercios de conservas para preguntar por las anchoas y todos nos decían lo mismo, "hace demasiado calor para tenerlas sin refrigerar" Ahora eso si, el bonito, el atún la ventresca, lo que quisieras. Una señora de la tienda de Miguel Ángel Revilla nos explicó que las anchoas es un producto muy delicado y por eso se considera "semiconserva" y no puede prescindir del frío porque no pasan por un proceso de esterilización tradicional a alta temperatura. Si las dejamos a temperatura ambiente la sal seguiría haciendo su trabajo madurando el pescado que se volvería demasiado salado, incluso se desharía. Me dijo que en 24-48 horas se pondrían blanditas, pastosas y muy saladas. Puajjjj! Asquito me dio.  Compramos otras latas, eso sí. 

Las conservas de anchoa es la joya gastronómica del Cantábrico, un manjar de sabor inconfundible con una historia que fusiona tradiciones italianas y españolas. El origen está en Italia, curiosamente. Desde los tiempos del Imperio Romano, (ya salieron otra vez) se elaboraba una salsa llamada "garum" fermentada a base de pescado. tanto en Ceuta como en toda la costa gaditana conocemos montones de asentamientos dedicados a la elaboración, fermentación y comercio de este producto para distribuirlo por todo el Imperio. Con el paso de las centurias la receta evolucionó y en el sur de Italia y sobre todo en Sicilia se perfeccionó la técnica de salazón de anchoas.



A finales del s.XIX los italianos andaban buscando caladeros y posibles nuevos mercados para sus salazones, varias familias sicilianas (alguna conocimos en la tourné por la bonita isla) se trasladaron a la costa cantábrica, atraídas por la abundancia de anchoas (bocartes) en su mar. Trajeron con ellos sus conocimientos y sus técnicas de salazón, estableciendo las bases de la industria conservera de anchoas en España.

Entre italianos y locales se ideó un proceso meticuloso que combinaba tradición y técnica eliminando la piel y las espinas, mejorando la presentación y facilitando el consumo. Esto revolucionó la industria dando lugar al filete de anchoa en conserva tal como lo conocemos hoy.

Tras la captura de la anchoa, se limpia y se mete en salazón durante a un tiempo que va de 6 a 12 meses, luego se eliminan la piel y las espinas, se envasan en aceite de oliva virgen extra que preserva su sabor y propiedades.


Decidimos probarlas y para ello elegimos un garito de esos que te sirven además de bebidas, embutidos y latas: la taberna de Alberto. un local muy sencillo en la calle de los claveles con mesas y banquetas de madera sin mantel ni historias. Allí la gente iba a tomar unos vinos y picar algo antes de comer. Pedimos anchoas, claro, pulpo y tomates con ventresca. Riquíiiiiisimas! que sabor tan bueno. Fue un acierto total. Luego he leído que es uno de los mejores sitios de Santoña para probar las anchoas. Se las preparan exclusivamente en una de las industrias conserveras de la ciudad.  Que suerte tenemos en este país de tener una gastronomía tan buena y tan variada. 


Luego si que nos fuimos a comer, esta vez a una de las terrazas en el centro del pueblo, la famosa plaza de San Antonio. Aquí es donde se juntan santoñeses para todo, fiestas, carnaval, copas...el gran salón público del pueblo. Es una plaza amplia, peatonal y arbolada donde convergen un montón de calles. En un lado, un templete musical del siglo pasado le da un cierto aire retro a la plaza que se llama de San Antonio por una antigua capilla de propiedad particular dedicada al santo que se encontraba en la zona.

Comimos en el bar cafetería Raymon, de menús. pedimos dos para los cuatro, dos primeros y dos segundos. La comida no es que fuera nada del otro mundo, y menos después de haber probado las anchoas santoñesas pero bien. La terraza estaba hasta la bola y la chica que nos atendió buscó una mesa y nos sirvió rapidito.

Después de comer volvimos a Santander a descansar un rato. Por la tarde nos esperaba Santillana del Mar, el pueblo de las tres mentiras porque ni es santa, ni es llana, ni tiene mar.

FOTOS DEL DIA  23.09.26






domingo, 18 de octubre de 2026

Santander 22.09.26 tarde

 La península de la Magdalena es uno de los lugares mas hermosos y emblemáticos de Santander. Ocupa una posición privilegiada separando como una punta de flecha las tranquilas aguas de la bahía de Santander y las aguas abiertas del mar Cantábrico. 

Si hay una imagen conocida de Santander esa es la del palacio de la Magdalena, sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y antigua residencia veraniega de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. En todas las guías de viaje que había leído o visto era el top one santanderino, había que ir y como le dedicaríamos por lo menos un par de horas, dejamos el Ayuntamiento y la plaza porticada para la tarde noche. 

acceso a la Magdalena

Tomamos el bus en las Atarazanas, justo delante de la Catedral, un señor nos indicó varias líneas que podíamos utilizar para ir hasta el Sardinero y de allí 5 minutos andando hasta la península de la Magdalena. Después de un trayecto de unos 12-15 minutos paralelo al mar, llegamos a nuestra parada. Cruzamos un bonito paseo que bordea la playa del Camello, anexa a la península. Algunos bañistas disfrutaban del día, que acompañaba y más para estos norteños que siempre tienen calor. Una señora nos había comentado que en Santander cuando comienza el colegio, comienzan los temporales y las lluvias, pero este año no ha sido así. Hacía calor, tanto hasta apetecer el baño.

Cruzamos la verja de acceso decorada con un cartel que anunciaba que ya estábamos en la avenida D. Juan de Borbón y justo, junto a la casa de los guardeses, actual oficina de información y tienda de regalos, vimos un trenecito de esos turísticos que salía en 15 minutos. Decidimos sacar billetes y aprovecharlo para subir hasta la cima de la colina. 

Mientras hacíamos tiempo, los necesitados nos fuimos a buscar los baños, el cercano además de ser de pago, era de esos que se limpian automáticamente tras cada uso, por lo que tardaba una barbaridad y tenía cola. Por indicación del conductor del tren, fuimos caminando hacia los servicios públicos que estaban un tanto alejados de la entrada pero nos daba tiempo. Mientras yo andaba en estas, mi marido se encontró con amigos de Ceuta, que como nosotros, estaban recorriendo Cantabria con otros amigotes peninsulares. Los caballas somos así, ¡que nos gusta pillar maleta!

Era hora de subir al tren y disfrutar de la naturaleza, arquitectura, playas y vistas al mar que nos ofrece el lugar. Va rodeando la península por una estrecha carretera cercana a la playa que da a la bahía. Observo la arena, dorada, el mar tranquilo, al otro lado pinos, zonas verdes.


Llegamos al monumento en honor de Félix Rodríguez de la Fuente. Es una estatua de bronce a tamaño natural y va acompañado de un lobo. Es un homenaje de los niños de Santander al amigo de los animales que pasaba sus veranos en la capital cántabra. Unos 10 meses después de la muerte en accidente aéreo de Félix  se inauguró esta bonita escultura. Aquella pérdida fue una conmoción para el país entero.

Frente al monumento vemos una gran extensión de césped, se llama la Campa de la Magdalena, aquí se organizan conciertos al aire libre y eventos. Antiguamente, en tiempos de Alfonso XIII, había un campo de polo, el rey era aficionado a este deporte.

Continúa el paseo en tren, vemos la playa de losbikinis, a la derecha, una extensión de arena final dorada. Dicen que se llama así porque las estudiantes extranjeras que acudían a los cursos de la universidad utilizaban esta prenda cuando en España aún no era tan habitual.

caballerizas reales 

Justo enfrente aparecen las Caballerizas Reales, unas casas bonitas, elegantes, organizadas en torno a un patio. No parecen las cuadras de un palacio español tradicional: la fachada, los tejados inclinados, las torrecillas y la decoración con entramados de madera recuerdan mas bien la tradición inglesa. Hay que recordar que todo esto se construyó pensando en los reyes y la reina Victoria Eugenia era inglesa, nieta de la reina Victoria. Aquí se guardaban los caballos, carruajes y otros elementos relacionados con el servicio de la residencia real. La disposición de los pabellones, los jardincillos y esos tejados inclinados y puntiagudos dan la sensación de encontrarnos ante un pueblecito inglés. Esta zona durante la Guerra Civil fue utilizada como campo de prisioneros, hoy día además de ser el bar restaurante, estos edificios están anexionados a la Universidad Menéndez Pelayo. Luego, cuando bajemos andando, la visitaremos por dentro.

palacio de la Magdalena fachada sur

El tren continúa su marcha hacia la zona palaciega ascendiendo poco a poco la colina cada vez mas empinada. Comenzamos a atisbar la parte posterior del palacio de la Magdalena. A nuestra derecha el mar, a nuestra izquierda un bosque de pinos y al frente la elegante y señorial residencia real de verano. Fue D. Alfonso XIII quien eligió personalmente la ubicación en la parte alta de la península, desde donde podía contemplarse tanto la entrada de la bahía como el mar abierto. 

La monarquía española siempre había elegido la ciudad de San Sebastián para pasar sus vacaciones estivales, pero, cuando a finales del s. XIX Santander comenzó a tener relevancia entre aristócratas y nobleza, la ciudad decidió ofrecer a los reyes una residencia para que la utilizaran en verano para así dar a Santander un gran impulso económico y social. Lo curioso es que el palacio se financió con suscripciones populares, lo pagó el pueblo, y mereció la pena. Era un regalo de la ciudad a los reyes, aunque también una inversión turística y económica para Santander.

La construcción comenzó en 1908 acabando 4 años mas tarde. Se convocó concurso público para seleccionar arquitectos y el proyecto que ganó fue el de dos jóvenes cántabros: Gonzalo Bringas Vega y Javier González de Riancho. Ambos diseñaron un edificio inspirado en los grandes palacios y residencias señoriales inglesas, pero incorporando características propias de la arquitectura montañesa. Hay que fijarse especialmente en sus torres, los tejados inclinados de pizarra, las chimeneas y los entramados de madera de algunas fachadas.

Desde agosto de 1913 hasta 1930 la residencia fue habitada por los reyes de España. La presencia de la Corte favoreció el desarrollo de hoteles, restaurantes, comercios y grandes residencias particulares, especialmente en El Sardinero, hasta la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931. Alfonso XIII tuvo que exiliarse de España y el palacio de la Magdalena dejó de ser utilizado por la monarquía. En el 32 se creó la Universidad de Verano de Santander, acudían profesores, escritores, investigadores e intelectuales españoles y extranjeros. Entre sus protagonistas destacó Ramón Menéndez Pidal, primer rector de la institución. Después de la Guerra Civil, la actividad universitaria se reanudó bajo la denominación de Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). En 1977, el Ayuntamiento de Santander adquirió el palacio a Juan de Borbón, conde de Barcelona y padre de Juan Carlos I por 150 millones de pesetas. Era el dueño, a pesar que la República había confiscado la propiedad.  En 1982 fue declarado Monumento Histórico-Artístico de carácter nacional y en 1995 concluyó una importante rehabilitación.

isla y faro de santo Mouro al fondo

Estamos un rato admirando las vistas desde los miradores del palacio, la isla de santo Mouro, la bahía, la playa del Sardinero… hace un día fantástico. La luz acompaña y las imágenes son realmente bonitas.

Damos una vuelta de reconocimiento antes de retomar camino y comenzar el descenso de la colina por los jardines.

El siguiente punto marcado en mi mapa es el museo al airelibre del Hombre y el Mar de Vital Alsar. Se encuentra sobre una terraza con magnificas vistas hacia la playa del Sardinero.


Vital Alsar Ramírez nació en Santander en el año 33 del pasado siglo, fue un navegante, explorador y aventurero que se hizo mundialmente conocido por atravesar grandes extensiones oceánicas utilizando embarcaciones inspiradas en las técnicas de navegación antiguas. Quería demostrar que los pueblos antiguos habían podido atravesar los océanos con medios mucho más rudimentarios de lo que se pensaba. En 1970 logró cruzar el Pacífico desde Ecuador hasta Australia en una embarcación de troncos, aquí vemos una réplica de la utilizada con sus mástiles y velas. Posteriormente realizó expediciones por el Atlántico, promoviendo también un mensaje de paz y hermanamiento entre los pueblos. Entre 1966 y 1992 llevó a cabo nueve expediciones que hoy recuerda este museo.

Los tres galeones o bergantines (como los definen los paneles) son quizás lo más llamativo del museo porque recuerdan a los barcos de los grandes descubrimientos como las utilizadas por Colón o las de Orellana en el Amazonas.


Caminando, caminando, nos metimos en el zoo marino. Aprovechando los acantilados y las piscinas naturales formadas entre rocas de esta parte de la península, se ideó un mini zoo con focas, pingüinos y leones marinos, pero hace tanto calor que están todos escondidos, solo vemos algunos leones bailando en el agua jugando mientras niños y adultos tratamos de localizarlos.

Vamos ya de vuelta, volvemos a coger el bus que nos dejará cerca del hotel. Hoy comemos en un asador con muy buena puntuación, es la Taberna de Vicente. Llegamos temprano y la chica que nos recibió nos dijo de esperar en la barra. Le pregunté si es que estaban llenos y debió de darse cuenta de lo inútil de una espera sin motivo justificado por lo que nos invitó a subir al comedor. Nos acomodaron en una mesa frente al ventanal que en otro momento tendría vistas al puerto pesquero pero que ahora estaba tapado por un tupido andamio.


Pedimos pimientos asados, patatas y un chuletón para los cuatro. Cuando llegó pensé que no íbamos a ser capaces de comérnoslo. Nos pusimos de comer hasta el gorro. Exquisito, creo que no he comido carne igual. Ahora, lo pagamos bien, aunque mereció la pena. Luego nos fuimos a descansar un rato para acabar el día visitando las playas santanderinas.

Esta vez si contamos con Tesla, llevaba apuntadas todas las playas que merecía la pena visitar y son muchas desde la Magdalena a Liencres, sabia que no daría tiempo antes del ocaso, pero había que expurgar algunas e intentarlo con el resto. Fue una excursión muy bonita, llena de paisajes espectaculares, calas de arena dorada entre acantilados vertiginosos, playas rocosas, y un faro con mucha historia.

jardines del Piquío

Comenzamos por la segunda playa del Sardinero, dejando atrás la playa del Camello así llamada por la roca con la forma del animal que sobresale del agua.  Aparcamos junto a los jardines del Piquío y cruzamos para bajar a conocer la playa mas famosa de Santander, una amplia extensión de arena a los pies de las aguas cantábricas flanqueados por los elegantes edificios del paseo marítimo. El nombre le viene por la pesca de las abundantes sardinas y aunque desde que los reyes veraneaban en la Magdalena el turismo se incrementó, fue años antes, cuando los médicos recomendaban los “baños de ola” para fortalecer la salud, ya era un lugar bastante concurrido. La reina Isabel II llegó a Santander para tomar los baños y fue tal el éxito de aquello que la ciudad empezó a competir con San Sebastián y Biarritz.

segunda playa del Sardinero

En todas las guías aparecen dos playas del Sardinero, la primera , mas cercana a la Magdalena, donde se sitúa el casino, la segunda, la más lejana aunque no vemos ninguna separación física entre ellas. Si acaso las terrazas de los jardines del Piquío. En el siglo pasado si que la había, la diferencia de clases sociales determinaba quien podía acudir a una u otra.

playa de Mataleña

Dejamos atrás el Sardinero para explorar las playas de la Costa Quebrada, Tesla nos lleva primero por avenidas hasta meternos en estrechas calzadas que nos acercan a la costa. La primera de la lista por cercanía es Mataleña, una joya escondida entre acantilados de roca caliza, en los que la sombra ya empieza a cubrir a los bañistas. La vemos desde el mirador del parque, para bajar a la arena que forma una media luna dorada, abrigada entre acantilados hay que jugarse el tipo bajando una escalera de 150 escalones. Los podemos ver al fondo, desde donde estamos. Es pequeñita, rodeada de vegetación y abierta a las que aquí son turquesas aguas del mar Cantábrico, nada que ver con el Sardinero. En la parte superior del acantilado vemos una cuidada pradera que creo es un campo de golf.

Hacemos unas cuantas fotos y volvemos al coche, había sopesado la opción de ir andando al faro de Cabo Mayor, pero entre ida y vuelta nos íbamos a quedar sin tiempo para conocer otras playas por lo que recogimos a Tesla y pusimos rumbo al faro. A medida que avanzamos hacia el norte, la ciudad va desapareciendo y el paisaje comienza a transformarse. Los edificios dejan paso a extensas zonas verdes, caminos junto al mar, casas pequeñitas, chalets, y acantilados que caen casi verticalmente sobre el Cantábrico.

faro de Cabo Mayor

Llegamos a nuestro destino, el Faro de Cabo Mayor, una construcción blanca coronada por una torre de unos 30m elevada sobre un promontorio situado a unos 90m sobre el mar. Aparcamos justo pegados a la pared del faro. Había público, la tarde soleada, aunque algo ventosa invitaba a contemplar los miradores de la costa. Aquí descubrimos una Santander completamente diferente: más salvaje, más natural, dominada por la inmensidad del océano, más auténticamente marítima: la del viento, los faros, las olas y los acantilados que llevan millones de años enfrentándose al mar Cantábrico.

Rodeamos el entorno del faro y nos acercamos a los miradores habilitados sobre el cabo observando como el terreno se interrumpe a pie de los acantilados. Son magníficos, dejan ver los estratos rocosos inclinados, fracturados, plegados. Me da vértigo mirarlos. Abajo, las olas golpean sin piedad una y otra vez y eso que el mar esta tranquilo. Huele a sal, a sol y viento. Debe ser salvaje ver un temporal en esta costa.


En la parte derecha unas escaleras descienden hasta un sendero que conducen a un cercano campo de golf y una colina que se adentra en el mar. El vértigo solo me deja dar unos pasos. Lola y Jose continúan hasta donde el sendero cae en picado sobre el mar. El lugar es espectacular.

Tesla nos llevó por una ruta imposible a la Maruca, otra de las playas imperdibles según nuestra guía. El paisaje de altos acantilados desaparece dejando paso a grandes plataformas rocosas y ensenadas. Llegamos al aparcamiento público en la misma playa, a un lado están fondeados algunos barquitos de pesca, al otro se extiende la playa en la que de la arena surgen rocas afiladas y pedruscos redondeados que forman piscinas naturales. Cuando llegamos los habituales tomaban el sol en una gran resbaladera de hormigón que descendía hacia la playa. Nos acercamos al mirador de tarima de madera construido sobre un antiguo fortín, leo que es la batería de San Pedro, una estructura defensiva del s.XVII. Desde allí vimos a algunos surfistas arriesgando el pellejo por conseguir la ola de su vida.

playa La Maruca

También fuimos testigos de un hecho para nosotros bastante insólito, varias furgonetas habían descendido por la pendiente de rocas hacia el mar, allí varias personas se afanaban sacando algas y cargándolas en las furgonas. Jose se acercó a preguntar. Las recolectaban para venderlas a una industria farmacéutica. Uno de los vehículos al salir de allí quedó encallado entre dos rocas. Nosotros ya nos fuimos, el sol se estaba poniendo y queríamos llegar a ver el espectáculo de la Arnía.

playa de Arnía

Llegamos rozando la puesta de sol. Encontramos sitio para dejar a Tesla junto a una terraza merendero a tope de gente y nos echamos al monte como cabras para bajar a la playa. Había una pronunciada rampa de hormigón que facilitaba el descenso, pero el vértigo… era mucho y a medio camino me quedé plantada, antes de dar el espectáculo de ponerme a cuatro patas.

La playa de la Arnía es un paisaje que cuenta con 90 millones de años, esto si es la famosísima costa Quebrada reconocida como Geoparque Mundial por la UNESCO en 2025. Lo que tenemos delante es un paisaje prehistórico: enormes agujas de roca que emergen del mar, acantilados erosionados, pequeñas calas y una sucesión de estratos que parecen colocados verticalmente por la naturaleza. Es como si fueran restos de una enorme muralla de piedra que el mar hubiera destruido.

Y si espectaculares y diferentes fueron las otras playas vistas, esta debo calificarla como magnífica. Creo que llegamos en el mejor momento del día. El sol escondiéndose por Poniente, detrás de las rocas dejándonos unos colores amarillo anaranjados brillantes, la luz produciendo sombras sobre los fallones de rocas que se tornan rojizas. La costa está rota, quebrada, de ahí su nombre, es de una belleza majestuosa. Aquí está escrita la historia de la Tierra en las rocas, decenas de millones de años se contemplan.


Mariloli y Jose llegaron hasta el final de la rampa y subieron a una colina, un trozo de acantilado desplazado por la erosión al que un montón de chavales habían llegado buscando el lugar desde el que mejor contemplar el ocaso. El sol jugó al escondite hasta que desapareció y los colores del cielo se volvieron rosas, morados y azules. Una preciosidad.


No dio tiempo a llegar a Liencres, ya no había luz solar. Volvimos, regresamos esta vez por la autovía a Santander, aparcamos en el parking de Pereda y nos fuimos a disfrutar de la elegancia de la capital. Entramos en el mercado del Este, cruzamos la plaza porticada  e ignoramos el ilustre Ayuntamiento. Buscamos un lugar para cenar pinchos y dimos con casa Lita. Nos volvimos a poner morados. No aceptan reservas, según llegas, coges número si hace falta, pides en la barra bebida y pinchos y buscas sitio para sentarte. No me acuerdo que pedí, lo que si me acuerdo es que compartimos varios y todos estaban exquisitos. Un acierto.

Recogimos a tesla para regresar al hotel y cuando llegamos nos habían ocupado nuestra plaza número 9. Jose tuvo que meterlo en otra y utilizar el mando a distancia desde el móvil para poder aparcarlo correctamente. Cosas que pasan.

Acabó un día muy completo, conociendo una ciudad preciosa, muy elegante y sus costas exuberantes, prehistóricas, maravillosas. Me enamoró Santander, preciosísima capital cántabra.

Fotos SANTANDER Y PLAYAS

miércoles, 14 de octubre de 2026

Santander 22.09.26 mañana

Dormí como si estuviera anestesiada, me desperté tarde y todavía con sueño, pero había que levantarse, teníamos freetour para conocer la capital cántabra y quedaba alguna tarea por delante: desayunar y llegar a la oficina de información y turismo en el paseo de Pereda, donde comenzaba la visita. Para ir abreviando, le pedí a doña Dolores y Cía. que fueran buscando garito para alimentarnos mientras las marmotas nos espabilábamos y acabábamos el aseo matutino.

Un wasap sonó, era la ubicación solicitada, decía que estaban dos calles más allá del hotel. Allá fuimos y nos perdimos, hasta que después de algunas vueltas, dimos con la tecla. El Bunker, se llamaba el dichoso local plantado en una plazoleta mirando al puerto pesquero.

Completamos el primer paseo mañanero mientras disfrutábamos de las vistas de una de las bahías mas bonitas de España y llegamos a tiempo, antes incluso que la guía. Como la oficina de turismo ya  estaba abierta, entré a preguntar lo que no teníamos que perdernos. Una señora muy amable nos informó de todo y además nos dijo que hoy celebraban el día de la movilidad reducida y que los autobuses urbanos eran gratis, que había que pasar la tarjeta pero que no te lo cobraban, como así fue. Lo aprovechamos bien.

Llegó la que iba a ser nuestra cicerone, una chica bajita de voz aguda, en pantalón corto y gorro jardinero. Tenía una pinta un tanto extraña. Tras conformar su grupo, nos dio la bienvenida y comenzó a relatarnos la historia de la ciudad, con tantos datos y detalles que me plantee cuanto tiempo iba a ser capaz de aguantar aquella batería de información, no fue mucho, a los 10 minutos tenía la cabeza como un bombo, desconecté y que me dediqué a observar el entorno.


Y el entorno era una preciosidad. Detrás nuestro, eledificio Botín con sus formas curvadas enmarcado por una bahía azul, inmensa por la que navegaban barcos bajo un sol cada vez más presente. Nuestra cicerone nos invita a mirar hacia nuestra izquierda, vemos la plaza de Alfonso XIII y en frente, una línea de grandes edificios entre los que destacar el del antiguo banco de Santander, al que le atraviesa una calle por medio.

El banco, fundado en 1857 bajo reinado de Isabel II, adquirió uno de los inmuebles situado a uno de los lados de la calle que antes había sido hotel y hasta club de regatas, pero con el desarrollo la ciudad creció mucho en comercios y finanzas, los clientes se multiplicaron y necesitaron ampliar oficinas,  decidiendo comprar el edificio del otro lado de la calle.


Para armonizar todo aquello y que estuviera a la altura el elegante paseo de Pereda encargó una gran transformación al arquitecto Javier González de Riancho, que también había participado en el diseño del Palacio de la Magdalena. La calle que comunicaba el paseo marítimo con el interior de la ciudad quedó de forma ingeniosa salvada por un gran arco y ambos edificios comunicados por la parte superior.


Las figuras femeninas de piedra situadas sobre el arco representan cuatro actividades fundamentales para la historia y el desarrollo de Santander: la navegación, vinculada a su tradición marinera; el comercio, fuente de riqueza del puerto durante siglos; la cultura y las artes. El conjunto se complementa con el escudo de Santander en el centro de la fachada.

Este escudo que también aparece en la bandera de la ciudad suele llamar mucho la atención por un motivo: contiene la Torre del Oro de Sevilla. Todo tiene una explicación y la suya una emocionante historia: en 1248, los marinos de Santander participaron en la conquista de Sevilla bajo el mando de Fernando III de Castilla, el rey santo. Aquellas embarcaciones fueron fundamentales para romper las defensas fluviales de la capital almohade. Por eso la Torre del Oro, el río Guadalquivir , el barco y las cadenas que impedían el acceso fluvial están presentes en el escudo, además de la  cabezas de los santos patronos.

Este gran edificio desde septiembre de 2026 tiene una nueva vida como museo y espacio cultural, bajo el nombre de Faro Santander fue inaugurado hace unos días por el rey Felipe VI.


Nos movimos hacia la plaza de Alfonso XIII. Había por allí unos obreros montando carpas blancas tipo mercadillo. Ocultaban a nuestra vista el monumento al incendio de Santander que destruyó prácticamente toda la ciudad medieval. La guía aprovechó para contarnos las dos tragedias acontecidas en la capital cántabra, la explosión del Cabo Machichaco a finales del s. XIX y el gran incendio de 1941, recién acabada la fatídica Guerra Civil.

La primera aconteció el 3 de noviembre de 1893, el Cabo Machichaco era un barco mercante de vapor dedicado al transporte de mercancías. Aquel día en sus bodegas había 1.700 cajas de explosivos, junto con ácido sulfúrico y unas 1.000 toneladas de material siderúrgico. Con ese cargamento estaba prohibido entrar al muelle comercial, sin embargo, el barco atracó en el muelle, en pleno frente urbano de Santander. Hacia las dos de la tarde comenzó a salir humo de una de las bodegas de proa, el fuego comenzó a extenderse, llegaron los equipos de extinción, las autoridades marítimas y diversos representantes de la ciudad. Vecinos y curiosos se acercaron a contemplar aquello. Durante casi tres horas, una multitud permaneció junto a un barco sin que a nadie se le ocurriera despejar el muelle ni tomar alguna medida de seguridad. 


Sobre las cuatro y cuarenta y cinco de la tarde, el fuego alcanzó la carga explosiva. La proa del barco saltó por los aires, la detonación fue tan violenta que produjo una onda expansiva tan gigantesca que arrasó buena parte de los alrededores del muelle. El hierro del barco se convirtió en metralla. Los fragmentos metálicos atravesaron edificios, tejados y fachadas y alcanzaron a personas situadas a gran distancia del barco además de todos aquellos que se encontraban cerca.  Muchas casas quedaron destruidas o gravemente dañadas. Restos del navío se encontraron a kilómetros del muelle. Las cifras: 590 muertos, más de 2000 heridos y todo el barrio portuario destruido. Pero la cosa no acabó ahí, una parte de la popa del barco quedó hundida en el puerto con 463 cajas de dinamita que no habían explotado, se organizó una operación de recuperación con buzos y grúas con la mala suerte que se produjo una segunda explosión. Murieron otras 15 personas y varias resultaron heridas. Finalmente, la Armada destruyó de forma controlada los restos del barco.

El desastre mostró las consecuencias de incumplir las normas de seguridad y no evacuar a la población durante una emergencia. La catástrofe impulsó una mayor atención a la regulación del transporte de mercancías peligrosas y a los protocolos de seguridad portuaria.

Menos de cincuenta años después aconteció el gran incendio de 1941, llamado popularmente como «El Andaluz» porque comenzó en la calle Cádiz y se detuvo cerca de la calle Sevilla. Fueron dos desastres diferentes que transformaron profundamente el centro de la ciudad.

La noche del 15 al 16 de febrero de 1941, en medio de un temporal terrible, Santander vivió una de las mayores catástrofes urbanas de la historia de España. En menos de 48 horas, un incendio gigantesco destruyó buena parte de su casco antiguo, acabó con 700 años de arquitectura, desapareció la ciudad medieval y dejó a unas 10.000 personas sin hogar. Lo sorprendente fue que hubo una sola víctima mortal: un bombero madrileño que participó en las labores de extinción. Pero la destrucción material fue enorme.

Aquella noche coincidieron prácticamente todas las circunstancias que podían convertir un pequeño fuego en una catástrofe: casas de madera, calles muy estrechas y viento huracanado.  

El origen del fuego se sitúa tradicionalmente en el número 20 de la calle Cádiz, muy cerca de la Catedral y de los antiguos muelles.  Se empezó a extender entre las construcciones próximas empujado por el temporal con vientos de 140km/h que levantaba materiales encendidos, transportaba pavesas y favorecía que las llamas saltaran de un tejado a otro. En cuestión de horas, el incendio había dejado de ser un problema localizado para convertirse en una amenaza para todo el centro urbano.

Llegaron equipos de ayuda desde Madrid, Bilbao, san Sebastián, Burgos, Palencia y Asturias. Los bomberos recurrieron a demoliciones para frenar las llamas. En determinados lugares se utilizaron explosivos para derribar estructuras y crear cortafuegos, una medida extraordinaria ante un incendio que avanzaba impulsado por vientos muy intensos. Las brasas siguieron activas mucho tiempo. Aunque el gran avance del incendio fue contenido en menos de dos días, los rescoldos y las labores de extinción continuaron posteriormente.

La Catedral de Santander fue uno de los edificios históricos más importantes afectados por el incendio. Situada sobre el antiguo cerro de Somorrostro, dominaba el núcleo medieval de la ciudad. El fuego alcanzó el conjunto catedralicio y destruyó buena parte de la iglesia superior, especialmente sus cubiertas y elementos interiores. La iglesia inferior del Santísimo Cristo conservó gran parte de su estructura, mientras que la superior tuvo que ser sometida a una importante restauración y reconstrucción durante los años posteriores.


Una vez extinguido el fuego, comenzó otro desafío: reconstruir el centro de una ciudad que acababa de perder parte de sus edificios más representativos. Pero no se decidió levantar exactamente lo que había antes. Se diseñó un nuevo centro urbano, con avenidas más amplias, manzanas regulares, edificios de mayor tamaño y grandes espacios públicos que es lo que conocemos hoy.

La reconstrucción tuvo asimismo consecuencias sociales: numerosas familias de rentas modestas que habían vivido en el centro fueron realojadas en otros barrios, mientras el área reconstruida se orientó en gran medida hacia el comercio, las oficinas y las viviendas de mayor categoría. Por eso el incendio no solamente cambió la arquitectura, sino también la distribución de la población de Santander.


Nos situamos ahora frente al edificio de Correos en la plaza Alfonso XIII. Hace poco mas de 150 años, este espacio por el que paseamos era agua, estamos sobre terrenos ganados al mar. En el centro del recinto, un busto del monarca que pasaba los veranos en la Magdalena, la localidad adquirió de este modo un estatus social de los mas distinguidos de España atrayendo a aristócratas y grandes fortunas lo que se tradujo en la construcción de grandes hoteles, villas, palacetes y el casino, esplendor del que aun hoy disfruta.

edificio de Correos y Telégrafos

Esta plaza, conocida popularmente como la de las Farolas, reúne dos edificios monumentales que sobrevivieron al gran incendio de 1941: el Banco de España y el magnífico edificio de Correos y Telégrafos. 

Al antiguo Palacio de Comunicaciones lo describen como de estilo “regional montañés” por su robustez y monumentalidad. Las torres poligonales, los muros de sillería, los aleros del tejado, los arcos de medio punto de ventanas y puertas, dan al edificio un aire señorial. Especial atención merecen el reloj de la fachada y los leones de bronce de los buzones, como los de muchas sedes de Correos. La guía nos invita a conocerlo por dentro, dice que tiene un vestíbulo interior iluminado por una vidriera modernista que merece la pena.

A la izquierda, oculto por vallas de "no pasar, obras" se levanta la antigua sede del banco de España, un palacete que data del reinado de Alfonso XIII que descansa sobre las antiguas ruinas de una fortaleza que defendía el puerto de Santander, el castillo de San Felipe. 

Nos volvemos ahora a la derecha, hacia la estatua del capitán Velarde héroe en las guerras Napoleónicas. Está situada en el paseo de Pereda un poco mas allá de donde estamos parados. Su monumento abre la emblemática plaza Porticada llamada así popularmente, aunque lleva el nombre de Pedro Velarde, construida en el renacer de la ciudad tras el incendio que asoló la ciudad.

Pedro Velarde era cántabro y protagonizó el levantamiento popular del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra las tropas napoleónicas el general Murat junto a al también capitán Luis Daóiz y al teniente Jacinto Ruiz. Ese día, cuando se intentaba trasladar a los últimos miembros de la familia real fuera de España, estalló una revuelta popular contra los franceses. En el Parque de Artillería de Monteleón, los capitanes Daoiz y Velarde decidieron unirse a los ciudadanos sublevados, abrieron el arsenal, organizaron la defensa y utilizaron cañones para hacer frente a las tropas francesas. Resistieron junto a militares y civiles varias horas hasta que llegaron los refuerzos franceses. Los capitanes murieron aquel aciago día, mientras que el teniente JacintoRuiz, aunque herido, sobrevivió y los civiles lo evacuaron. Fue ascendido, se incorporó al frente en Extremadura sin recuperarse de sus heridas por lo que poco menos de un año más tarde, murió sin cumplir los 30. 


Esta historia me la se bien porque Jacinto Ruiz era ceutí de nacimiento y bautizado en mi parroquia de los Remedios. Un busto suyo adorna la céntrica plaza que lleva su nombre y todos los 2 de mayo desde 1892 le rendimos honores en Ceuta.

Avanzamos unos pasos, justo nos movimos hacia la plaza delas Atarazanas, detrás del edificio de correos, para contemplar la catedral de Santander. La guía se situó junto a un panel informativo sobre una rebelión que sufrió Santander en el medievo cuando el rey Enrique IV cedió la villa a D. Diego Hurtado de Mendoza, marqués de Santillana. A los santanderinos esto no les hizo ninguna gracia y la liaron. En esta plaza que antiguamente era un puente de unión entre la Puebla Nueva y la Vieja, a los pies de la catedral se enfrentaron los del pueblo con las tropas del marqués y les ganaron. Enrique IV dio marcha atrás en su decisión y nombró a la villa “muy noble y muy leal” títulos que aún conservan.


La plaza se llama de las Atarazanas porque antiguamente se situaban aquí los astilleros, debemos tener en cuenta que el agua llegaba hasta aquí por una ría representada hoy en el pequeño estanque que vemos junto a la acera. En el centro, un monumento dedicado a la Ascensión de la Virgen, advocación de la catedral que es el edificio dominante en la plaza, y al fondo la catedral y la iglesia inferior del Santísimo Cristo, porque el edificio de piedra que vemos son dos iglesias medievales construidas sobre un asentamiento romano. Mas de 2000 años de historia en un mismo sitio.

Aquí decidimos separarnos del grupo. Fui al baño en el café que estaba en la plaza y cuando salí ya no estaban por lo que me despreocupé y nos fuimos a visitar la iglesia y la catedral.


Entrando en la iglesia inferior a la izquierda te topas con las ruinas romanas bajo un pavimento acristalado. Las bóvedas se sustentan sobre columnas bajitas, casi entran ganas de agachar la cabeza. La iglesia inferior fue construida, entre otros motivos, para custodiar las reliquias en urna de plata de dos mártires cristianos: San Emeterio y San Celedonio, ambos eran soldados romanos ejecutados en Calahorra por su fe cristiana, durante las persecuciones del Imperio. 


La leyenda cuenta que sus cabezas llegaron milagrosamente a Santander en una embarcación de piedra. De hecho, una de las explicaciones etimológicas más aceptadas es que el nombre Santander procede de la evolución de la expresión latina Sancti Emeterii, es decir, San Emeterio.


Continuamos nuestra visita subiendo las escaleras y cruzando el arco de la torre campanario que forma parte de este conjunto histórico. Llegamos a la puerta de la iglesia superior levantada en el s.XIII sobre la del Santo Cristo. No nos dejan entrar, está acabando la misa en la catedral de Santander, quedan unos 5 minutos que debemos esperar. De mientras, estiro el cuello como una tortuga y veo que la entrada da acceso directo al claustro. Lo poco que distingo me gusta, es un bonito claustro medieval seguramente con mas de 700 años.

La chica nos avisa, podemos acceder, hay que pagar 2€ por barba. La verdad es que pagar en estos recintos no me cuesta nada, son patrimonio de nuestra historia, de nuestras costumbres, de nuestras creencias y siempre, siempre se aprende algo.

Descubrimos un patio ajardinado rodeado de cuatro galerías cubiertas de piedra. No es totalmente cuadrado, imagino que la planta trapezoidal se debe a su adaptación al terreno del cerro donde se encuentra asentada la catedral. Leo en alguna parte que este jardín era el cementerio de la antigua iglesia y anteriormente tuvo naranjos.

Sus arcos apuntados, sus columnas, los contrafuertes, las bóvedas de crucería con sus nervios de piedra nos hablan de un gótico de estilo cisterciense sencillo, sin grandes aspiraciones, elegante sin la ornamentación exuberante de otras catedrales españolas.

Vamos recorriendo las galerías descubriendo antiguos sepulcros y relieves funerarios de época bajomedieval, algunos están situados junto a los muros. Voy leyendo los paneles informativos, cuentan que este claustro no tenía una mera función religiosa, también se celebraban reuniones del gobierno municipal, sobre todo en la antigua sala capitular.


Llegamos a la puerta de acceso a la iglesia catedral que no tiene nada que ver con la iglesia inferior. Lo primero que llama la atención es la altura de sus bóvedas y la sensación de amplitud. Gótico puro: tres naves, la central más alta, arcos apuntados, más bóvedas de crucería y grandes pilares.

El retablo dorado que preside el altar si es barroco, churrigueresco me parece, la abundancia de detalles ornamentales y las esculturas religiosas contrastan muy mucho con la sobriedad del espacio gótico que lo rodea. Se lo trajeron de un pueblo de Valladolid pues la catedral perdió todo su mobiliario en el nefasto incendio. El cimborrio que se alza sobre el retablo y la girola si que pertenecen a la reconstrucción realizada tras el incendio que dejó la iglesia superior muy tocada.

En las capillas laterales también se nota el ornamentado estilo dorado menos en la del sepulcro de D. Marcelino Menéndez Pelayo. Santanderino de nacimiento y figura importante en las humanidades hispánicas.

Me ha encantado este templo a pesar de ser pequeñito, con tantas singularidades, sus dos iglesias, sus cicatrices presentes en los muros que dejan leer ese tiempo que le ha pasado por lo alto, dos mil años de historia escritos en piedra. 

Nos vamos, seguimos explorando Santander, aprovechamos que los buses son gratis para desplazarnos a la Magdalena, zona de veraneo de reyes y princesas.

 FOTOS SANTANDER