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domingo, 18 de octubre de 2026

Santander 22.09.26 tarde

 La península de la Magdalena es uno de los lugares mas hermosos y emblemáticos de Santander. Ocupa una posición privilegiada separando como una punta de flecha las tranquilas aguas de la bahía de Santander y las aguas abiertas del mar Cantábrico. 

Si hay una imagen conocida de Santander esa es la del palacio de la Magdalena, sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y antigua residencia veraniega de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. En todas las guías de viaje que había leído o visto era el top one santanderino, había que ir y como le dedicaríamos por lo menos un par de horas, dejamos el Ayuntamiento y la plaza porticada para la tarde noche. 

acceso a la Magdalena

Tomamos el bus en las Atarazanas, justo delante de la Catedral, un señor nos indicó varias líneas que podíamos utilizar para ir hasta el Sardinero y de allí 5 minutos andando hasta la península de la Magdalena. Después de un trayecto de unos 12-15 minutos paralelo al mar, llegamos a nuestra parada. Cruzamos un bonito paseo que bordea la playa del Camello, anexa a la península. Algunos bañistas disfrutaban del día, que acompañaba y más para estos norteños que siempre tienen calor. Una señora nos había comentado que en Santander cuando comienza el colegio, comienzan los temporales y las lluvias, pero este año no ha sido así. Hacía calor, tanto hasta apetecer el baño.

Cruzamos la verja de acceso decorada con un cartel que anunciaba que ya estábamos en la avenida D. Juan de Borbón y justo, junto a la casa de los guardeses, actual oficina de información y tienda de regalos, vimos un trenecito de esos turísticos que salía en 15 minutos. Decidimos sacar billetes y aprovecharlo para subir hasta la cima de la colina. 

Mientras hacíamos tiempo, los necesitados nos fuimos a buscar los baños, el cercano además de ser de pago, era de esos que se limpian automáticamente tras cada uso, por lo que tardaba una barbaridad y tenía cola. Por indicación del conductor del tren, fuimos caminando hacia los servicios públicos que estaban un tanto alejados de la entrada pero nos daba tiempo. Mientras yo andaba en estas, mi marido se encontró con amigos de Ceuta, que como nosotros, estaban recorriendo Cantabria con otros amigotes peninsulares. Los caballas somos así, ¡que nos gusta pillar maleta!

Era hora de subir al tren y disfrutar de la naturaleza, arquitectura, playas y vistas al mar que nos ofrece el lugar. Va rodeando la península por una estrecha carretera cercana a la playa que da a la bahía. Observo la arena, dorada, el mar tranquilo, al otro lado pinos, zonas verdes.


Llegamos al monumento en honor de Félix Rodríguez de la Fuente. Es una estatua de bronce a tamaño natural y va acompañado de un lobo. Es un homenaje de los niños de Santander al amigo de los animales que pasaba sus veranos en la capital cántabra. Unos 10 meses después de la muerte en accidente aéreo de Félix  se inauguró esta bonita escultura. Aquella pérdida fue una conmoción para el país entero.

Frente al monumento vemos una gran extensión de césped, se llama la Campa de la Magdalena, aquí se organizan conciertos al aire libre y eventos. Antiguamente, en tiempos de Alfonso XIII, había un campo de polo, el rey era aficionado a este deporte.

Continúa el paseo en tren, vemos la playa de losbikinis, a la derecha, una extensión de arena final dorada. Dicen que se llama así porque las estudiantes extranjeras que acudían a los cursos de la universidad utilizaban esta prenda cuando en España aún no era tan habitual.

caballerizas reales 

Justo enfrente aparecen las Caballerizas Reales, unas casas bonitas, elegantes, organizadas en torno a un patio. No parecen las cuadras de un palacio español tradicional: la fachada, los tejados inclinados, las torrecillas y la decoración con entramados de madera recuerdan mas bien la tradición inglesa. Hay que recordar que todo esto se construyó pensando en los reyes y la reina Victoria Eugenia era inglesa, nieta de la reina Victoria. Aquí se guardaban los caballos, carruajes y otros elementos relacionados con el servicio de la residencia real. La disposición de los pabellones, los jardincillos y esos tejados inclinados y puntiagudos dan la sensación de encontrarnos ante un pueblecito inglés. Esta zona durante la Guerra Civil fue utilizada como campo de prisioneros, hoy día además de ser el bar restaurante, estos edificios están anexionados a la Universidad Menéndez Pelayo. Luego, cuando bajemos andando, la visitaremos por dentro.

palacio de la Magdalena fachada sur

El tren continúa su marcha hacia la zona palaciega ascendiendo poco a poco la colina cada vez mas empinada. Comenzamos a atisbar la parte posterior del palacio de la Magdalena. A nuestra derecha el mar, a nuestra izquierda un bosque de pinos y al frente la elegante y señorial residencia real de verano. Fue D. Alfonso XIII quien eligió personalmente la ubicación en la parte alta de la península, desde donde podía contemplarse tanto la entrada de la bahía como el mar abierto. 

La monarquía española siempre había elegido la ciudad de San Sebastián para pasar sus vacaciones estivales, pero, cuando a finales del s. XIX Santander comenzó a tener relevancia entre aristócratas y nobleza, la ciudad decidió ofrecer a los reyes una residencia para que la utilizaran en verano para así dar a Santander un gran impulso económico y social. Lo curioso es que el palacio se financió con suscripciones populares, lo pagó el pueblo, y mereció la pena. Era un regalo de la ciudad a los reyes, aunque también una inversión turística y económica para Santander.

La construcción comenzó en 1908 acabando 4 años mas tarde. Se convocó concurso público para seleccionar arquitectos y el proyecto que ganó fue el de dos jóvenes cántabros: Gonzalo Bringas Vega y Javier González de Riancho. Ambos diseñaron un edificio inspirado en los grandes palacios y residencias señoriales inglesas, pero incorporando características propias de la arquitectura montañesa. Hay que fijarse especialmente en sus torres, los tejados inclinados de pizarra, las chimeneas y los entramados de madera de algunas fachadas.

Desde agosto de 1913 hasta 1930 la residencia fue habitada por los reyes de España. La presencia de la Corte favoreció el desarrollo de hoteles, restaurantes, comercios y grandes residencias particulares, especialmente en El Sardinero, hasta la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931. Alfonso XIII tuvo que exiliarse de España y el palacio de la Magdalena dejó de ser utilizado por la monarquía. En el 32 se creó la Universidad de Verano de Santander, acudían profesores, escritores, investigadores e intelectuales españoles y extranjeros. Entre sus protagonistas destacó Ramón Menéndez Pidal, primer rector de la institución. Después de la Guerra Civil, la actividad universitaria se reanudó bajo la denominación de Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). En 1977, el Ayuntamiento de Santander adquirió el palacio a Juan de Borbón, conde de Barcelona y padre de Juan Carlos I por 150 millones de pesetas. Era el dueño, a pesar que la República había confiscado la propiedad.  En 1982 fue declarado Monumento Histórico-Artístico de carácter nacional y en 1995 concluyó una importante rehabilitación.

isla y faro de santo Mouro al fondo

Estamos un rato admirando las vistas desde los miradores del palacio, la isla de santo Mouro, la bahía, la playa del Sardinero… hace un día fantástico. La luz acompaña y las imágenes son realmente bonitas.

Damos una vuelta de reconocimiento antes de retomar camino y comenzar el descenso de la colina por los jardines.

El siguiente punto marcado en mi mapa es el museo al airelibre del Hombre y el Mar de Vital Alsar. Se encuentra sobre una terraza con magnificas vistas hacia la playa del Sardinero.


Vital Alsar Ramírez nació en Santander en el año 33 del pasado siglo, fue un navegante, explorador y aventurero que se hizo mundialmente conocido por atravesar grandes extensiones oceánicas utilizando embarcaciones inspiradas en las técnicas de navegación antiguas. Quería demostrar que los pueblos antiguos habían podido atravesar los océanos con medios mucho más rudimentarios de lo que se pensaba. En 1970 logró cruzar el Pacífico desde Ecuador hasta Australia en una embarcación de troncos, aquí vemos una réplica de la utilizada con sus mástiles y velas. Posteriormente realizó expediciones por el Atlántico, promoviendo también un mensaje de paz y hermanamiento entre los pueblos. Entre 1966 y 1992 llevó a cabo nueve expediciones que hoy recuerda este museo.

Los tres galeones o bergantines (como los definen los paneles) son quizás lo más llamativo del museo porque recuerdan a los barcos de los grandes descubrimientos como las utilizadas por Colón o las de Orellana en el Amazonas.


Caminando, caminando, nos metimos en el zoo marino. Aprovechando los acantilados y las piscinas naturales formadas entre rocas de esta parte de la península, se ideó un mini zoo con focas, pingüinos y leones marinos, pero hace tanto calor que están todos escondidos, solo vemos algunos leones bailando en el agua jugando mientras niños y adultos tratamos de localizarlos.

Vamos ya de vuelta, volvemos a coger el bus que nos dejará cerca del hotel. Hoy comemos en un asador con muy buena puntuación, es la Taberna de Vicente. Llegamos temprano y la chica que nos recibió nos dijo de esperar en la barra. Le pregunté si es que estaban llenos y debió de darse cuenta de lo inútil de una espera sin motivo justificado por lo que nos invitó a subir al comedor. Nos acomodaron en una mesa frente al ventanal que en otro momento tendría vistas al puerto pesquero pero que ahora estaba tapado por un tupido andamio.


Pedimos pimientos asados, patatas y un chuletón para los cuatro. Cuando llegó pensé que no íbamos a ser capaces de comérnoslo. Nos pusimos de comer hasta el gorro. Exquisito, creo que no he comido carne igual. Ahora, lo pagamos bien, aunque mereció la pena. Luego nos fuimos a descansar un rato para acabar el día visitando las playas santanderinas.

Esta vez si contamos con Tesla, llevaba apuntadas todas las playas que merecía la pena visitar y son muchas desde la Magdalena a Liencres, sabia que no daría tiempo antes del ocaso, pero había que expurgar algunas e intentarlo con el resto. Fue una excursión muy bonita, llena de paisajes espectaculares, calas de arena dorada entre acantilados vertiginosos, playas rocosas, y un faro con mucha historia.

jardines del Piquío

Comenzamos por la segunda playa del Sardinero, dejando atrás la playa del Camello así llamada por la roca con la forma del animal que sobresale del agua.  Aparcamos junto a los jardines del Piquío y cruzamos para bajar a conocer la playa mas famosa de Santander, una amplia extensión de arena a los pies de las aguas cantábricas flanqueados por los elegantes edificios del paseo marítimo. El nombre le viene por la pesca de las abundantes sardinas y aunque desde que los reyes veraneaban en la Magdalena el turismo se incrementó, fue años antes, cuando los médicos recomendaban los “baños de ola” para fortalecer la salud, ya era un lugar bastante concurrido. La reina Isabel II llegó a Santander para tomar los baños y fue tal el éxito de aquello que la ciudad empezó a competir con San Sebastián y Biarritz.

segunda playa del Sardinero

En todas las guías aparecen dos playas del Sardinero, la primera , mas cercana a la Magdalena, donde se sitúa el casino, la segunda, la más lejana aunque no vemos ninguna separación física entre ellas. Si acaso las terrazas de los jardines del Piquío. En el siglo pasado si que la había, la diferencia de clases sociales determinaba quien podía acudir a una u otra.

playa de Mataleña

Dejamos atrás el Sardinero para explorar las playas de la Costa Quebrada, Tesla nos lleva primero por avenidas hasta meternos en estrechas calzadas que nos acercan a la costa. La primera de la lista por cercanía es Mataleña, una joya escondida entre acantilados de roca caliza, en los que la sombra ya empieza a cubrir a los bañistas. La vemos desde el mirador del parque, para bajar a la arena que forma una media luna dorada, abrigada entre acantilados hay que jugarse el tipo bajando una escalera de 150 escalones. Los podemos ver al fondo, desde donde estamos. Es pequeñita, rodeada de vegetación y abierta a las que aquí son turquesas aguas del mar Cantábrico, nada que ver con el Sardinero. En la parte superior del acantilado vemos una cuidada pradera que creo es un campo de golf.

Hacemos unas cuantas fotos y volvemos al coche, había sopesado la opción de ir andando al faro de Cabo Mayor, pero entre ida y vuelta nos íbamos a quedar sin tiempo para conocer otras playas por lo que recogimos a Tesla y pusimos rumbo al faro. A medida que avanzamos hacia el norte, la ciudad va desapareciendo y el paisaje comienza a transformarse. Los edificios dejan paso a extensas zonas verdes, caminos junto al mar, casas pequeñitas, chalets, y acantilados que caen casi verticalmente sobre el Cantábrico.

faro de Cabo Mayor

Llegamos a nuestro destino, el Faro de Cabo Mayor, una construcción blanca coronada por una torre de unos 30m elevada sobre un promontorio situado a unos 90m sobre el mar. Aparcamos justo pegados a la pared del faro. Había público, la tarde soleada, aunque algo ventosa invitaba a contemplar los miradores de la costa. Aquí descubrimos una Santander completamente diferente: más salvaje, más natural, dominada por la inmensidad del océano, más auténticamente marítima: la del viento, los faros, las olas y los acantilados que llevan millones de años enfrentándose al mar Cantábrico.

Rodeamos el entorno del faro y nos acercamos a los miradores habilitados sobre el cabo observando como el terreno se interrumpe a pie de los acantilados. Son magníficos, dejan ver los estratos rocosos inclinados, fracturados, plegados. Me da vértigo mirarlos. Abajo, las olas golpean sin piedad una y otra vez y eso que el mar esta tranquilo. Huele a sal, a sol y viento. Debe ser salvaje ver un temporal en esta costa.


En la parte derecha unas escaleras descienden hasta un sendero que conducen a un cercano campo de golf y una colina que se adentra en el mar. El vértigo solo me deja dar unos pasos. Lola y Jose continúan hasta donde el sendero cae en picado sobre el mar. El lugar es espectacular.

Tesla nos llevó por una ruta imposible a la Maruca, otra de las playas imperdibles según nuestra guía. El paisaje de altos acantilados desaparece dejando paso a grandes plataformas rocosas y ensenadas. Llegamos al aparcamiento público en la misma playa, a un lado están fondeados algunos barquitos de pesca, al otro se extiende la playa en la que de la arena surgen rocas afiladas y pedruscos redondeados que forman piscinas naturales. Cuando llegamos los habituales tomaban el sol en una gran resbaladera de hormigón que descendía hacia la playa. Nos acercamos al mirador de tarima de madera construido sobre un antiguo fortín, leo que es la batería de San Pedro, una estructura defensiva del s.XVII. Desde allí vimos a algunos surfistas arriesgando el pellejo por conseguir la ola de su vida.

playa La Maruca

También fuimos testigos de un hecho para nosotros bastante insólito, varias furgonetas habían descendido por la pendiente de rocas hacia el mar, allí varias personas se afanaban sacando algas y cargándolas en las furgonas. Jose se acercó a preguntar. Las recolectaban para venderlas a una industria farmacéutica. Uno de los vehículos al salir de allí quedó encallado entre dos rocas. Nosotros ya nos fuimos, el sol se estaba poniendo y queríamos llegar a ver el espectáculo de la Arnía.

playa de Arnía

Llegamos rozando la puesta de sol. Encontramos sitio para dejar a Tesla junto a una terraza merendero a tope de gente y nos echamos al monte como cabras para bajar a la playa. Había una pronunciada rampa de hormigón que facilitaba el descenso, pero el vértigo… era mucho y a medio camino me quedé plantada, antes de dar el espectáculo de ponerme a cuatro patas.

La playa de la Arnía es un paisaje que cuenta con 90 millones de años, esto si es la famosísima costa Quebrada reconocida como Geoparque Mundial por la UNESCO en 2025. Lo que tenemos delante es un paisaje prehistórico: enormes agujas de roca que emergen del mar, acantilados erosionados, pequeñas calas y una sucesión de estratos que parecen colocados verticalmente por la naturaleza. Es como si fueran restos de una enorme muralla de piedra que el mar hubiera destruido.

Y si espectaculares y diferentes fueron las otras playas vistas, esta debo calificarla como magnífica. Creo que llegamos en el mejor momento del día. El sol escondiéndose por Poniente, detrás de las rocas dejándonos unos colores amarillo anaranjados brillantes, la luz produciendo sombras sobre los fallones de rocas que se tornan rojizas. La costa está rota, quebrada, de ahí su nombre, es de una belleza majestuosa. Aquí está escrita la historia de la Tierra en las rocas, decenas de millones de años se contemplan.


Mariloli y Jose llegaron hasta el final de la rampa y subieron a una colina, un trozo de acantilado desplazado por la erosión al que un montón de chavales habían llegado buscando el lugar desde el que mejor contemplar el ocaso. El sol jugó al escondite hasta que desapareció y los colores del cielo se volvieron rosas, morados y azules. Una preciosidad.


No dio tiempo a llegar a Liencres, ya no había luz solar. Volvimos, regresamos esta vez por la autovía a Santander, aparcamos en el parking de Pereda y nos fuimos a disfrutar de la elegancia de la capital. Entramos en el mercado del Este, cruzamos la plaza porticada  e ignoramos el ilustre Ayuntamiento. Buscamos un lugar para cenar pinchos y dimos con casa Lita. Nos volvimos a poner morados. No aceptan reservas, según llegas, coges número si hace falta, pides en la barra bebida y pinchos y buscas sitio para sentarte. No me acuerdo que pedí, lo que si me acuerdo es que compartimos varios y todos estaban exquisitos. Un acierto.

Recogimos a tesla para regresar al hotel y cuando llegamos nos habían ocupado nuestra plaza número 9. Jose tuvo que meterlo en otra y utilizar el mando a distancia desde el móvil para poder aparcarlo correctamente. Cosas que pasan.

Acabó un día muy completo, conociendo una ciudad preciosa, muy elegante y sus costas exuberantes, prehistóricas, maravillosas. Me enamoró Santander, preciosísima capital cántabra.

Fotos SANTANDER Y PLAYAS

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