INDICE PEREGRINACIONES

viernes, 3 de abril de 2026

SELVA NEGRA 2.- EN HEIDELBERG 21.03.2026

 Amanecía en Heidelberg. ¡Qué bien dormí en aquel hotel! No se escuchaba una mosca, solo la claridad del nuevo día que ya asomaba por la cortina entreabierta me invitó a abrir los ojos. Eran poco más de las 7 de la mañana, el resto del mundo iba a lo suyo mientras nosotros estábamos de vacaciones. ¡Bien!

Salté de la cama y me fui directa al pastillero para comenzar la rutina diaria.😁 No hacía nada de frio en la habitación, aunque fuera… desde la ventana  veía a la gente junto a las vías del tren muy abrigada y un tanto encogida.

La noche anterior solo pude ver luces desde el ático, hoy la zona nueva de la ciudad se extendía amplia ante la vista. Comenzaba nuestra aventura en la Selva Negra, el bosque continuo más grande de Europa, salpicado de encantadores pueblos. Heidelberg es de los mas visitados por alemanes y extranjeros, entre otras cosas por su universidad, sus estudiantes, muchos de ellos erasmus, por su castillo y por ser la cuna del romanticismo decimonónico alemán.


Una buena ducha calentita y a por el desayuno, en la última planta. Dispusimos de un surtido buffet: huevos, salchichas, embutidos, quesos, frutas, yogurt, cereales, mantequillas, panes de todo tipo, dulces… y una máquina de Nutella. Como el café no me puede faltar a estas horas, me lancé a por él, una buena taza a ver si me espabilaba. 

Marta nos marcó la salida en bus para visitar el romántico castillo de Heidelberg a las 9:45 am, no había prisa alguna, hubo tiempo hasta para sobremesa matutina.

El bus llegó con puntualidad y el grupo se distribuyó como siempre, desde el principio de los tiempos hemos conservado el mismo orden. Es curioso esto, somos animales de costumbres. Solo recuerdo una vez que se haya alterado por algún nuevo peregrino que la lio parda porque quería la primera fila.

Como es habitual, una vez en marcha, David tomó el micro para agradecer a Dios el nuevo día y pedir su protección durante esta peregrinación. Rezamos mi oración favorita que por muy acostumbrada que esté a escucharla me sigue removiendo por dentro y luego pasó el testigo a Marta. 


Primera visita del día el “Schloss” de Heidelberg. Para escalar la colina se suele utilizar el funicular, andaba averiado subiríamos por el camino largo, el corto tenía demasiadas curvas para el bus. Tardaríamos un poco más, pero es más seguro y así pasábamos por la “silla del rey”, el pico más alto de la montaña.  
En el castillo nos reuníamos con dos guías que además nos acompañarían en la visita a la ciudad. El grupo debía dividirse en dos, esto no me gustó nada. Esa manía alemana del todo perfecto me pone negra. No quieren grupos numerosos porque se apelotonan en las aceras, incomodan a los peatones, a las bicis… y luego son de lo más camorristas cuando van a Mallorca o a cualquier parte.

Máchin” nos dejó muy cerquita de la entrada al castillo, solo subir una pequeña cuesta y ya estábamos. Yo iba estrenando cámara. Mi maravillosa réflex NIKON la tuve que dejar en Ceuta con todo el dolor de mi alma, las cervicales se resienten enseguida. La primera foto de la nueva Panasonic Lumix fue para el recuerdo, con Mina y Mauricio, al que acababa de conocer.


Mientas la guía recogía las entradas en taquilla nos entretuvimos, como no, en tirar mil fotos a los chicos, a las chicas, al castillo, al padre Emilio, a David… lo de las poses es un juego y nos encanta.

El castillo de Heidelberg es una pura ruina, a medio camino entre fortificación y palacio, tiene un encanto brutal. Esta vez, no me había leído nada más que el programa del periplo, de hecho, David ha estado todos los días recordándome lo despistada que estaba y es totalmente cierto, así que lo que escriba aquí probablemente sean las impresiones menos sesgadas de todo el blog.


Nos repartimos en dos grupos de 19 personas cada uno, empezamos visita en el mirador. El guía fue un señor canoso y encantador, galés afincado en Heidelberg por amor  y que aprendió español en Barcelona. Su nombre “Yan” que se escribirá John y en español será, seguramente, Juan. Nos entretuvo un buen rato con la historia del castillo y sus moradores a pesar de que le dijimos que de historia poquito, preferíamos los chismes.

Las vistas de la ciudad desde este punto son postales, el día acompañaba, las nubes hacían de filtro a la luz del sol que mejoraba el espectáculo: se ve todo el centro histórico, el río Neckar, el puente viejo, los barcos panorámicos navegando por sus aguas, la iglesia del Espíritu Santo, la iglesia jesuita del Espíritu Santo, los edificios de la emblemática universidad mas antigua de Alemania que se desperdigan por todo el centro...una preciosidad.


El castillo es un compendio de edificios que se fueron añadiendo según necesidades de los distintos moradores, en diferentes estilos según la moda del momento. El inicio creo recordad que fue en torno al s. XIII con el primer conde del Palatinado que decidió instalarse en Heidelberg. Lo que empezó como una fortaleza defensiva adquirió grandeza y esplendor con sus sucesores hasta convertirse en un magnífico y enorme palacio de jardines esplendidos que no llegaron a completarse por culpa de la guerra que enfrentó a católicos y protestantes.

John nos contó la historia del Sacro Imperio RomanoGermánico al completo o poco le faltó. En resumidas cuentas, aquello consistía en una agrupación política de territorios bastante extensa y diversa a cuyo emperador lo elegían entre siete electores que podían ser obispos, duques, condes o príncipes. El palatinado del Rhin que es el que nos ocupa hoy, estaba liderado por la familia Wittelsbach, entre sus miembros famosillos Otón I, un par de emperadores del Sacro Imperio como Luis IV, el“rey loco” Luis II de Baviera y su prima, la emperatriz Sisi, aunque la colección era extensa.


Nos movimos hacia las ventanas al raso del “palacio inglés” construido por un enamorado Federico para su hermosa novia Isabel Estuardo, la casita debía estar a la altura de la señora y en el castillo no había nada digno de tal belleza. La vista desde este costado de la fortificación es espectacular, si no estuviera en ruinas quizás no sería tan fascinante. El edificio de las doncellas, el foso, la biblioteca… todo adquiere un encanto especial. En la esquina Oeste, la enorme torre gorda de 30m de diámetro, destechada, con dos reyes en sus hornacinas.


Unos pasos más allá llegamos a la puerta de Elisabeth, regalo de cumpleaños para Isabel de su amado en arenisca roja con montones de relieves con sorpresa: caracoles, ranas, lagartijas, ardillas… por cada una que descubriera la chica el premio era un romántico beso.

La entrada al patio del schloss se hace por “la torre de la puerta” Torturm que cruza el foso, antiguamente  había un puente levadizo. 


La vista de ese patio me impresionó, no me lo esperaba. Es enorme, es caótico, es un muestrario de estilos arquitectónicos que de una mirada abarcan 400 o 500 años. Cada edificio que compone este tesoro es magnífico, desde el más antiguo, gótico, de los primeros Wittelsbach, al  esplendor renacentista del rey Ottón. Suelen denominarse con el nombre de su patrocinador: Ottheinrich de Otón Enrique (el de la derecha con los emperadores romanos y héroes), Friedrich de Federico IV(el renacentista de las figuras de antecesores en la fachada), Ruprecht (el mas antiguo a la izquierda de la entrada). El de los arcos estilo italiano que me encantó creo que era el edificio del salón de cristal o de los espejos.


 El museo de la farmacia se encuentra en el Ottheinrichbau,  que mi grupo no llegó a conocer. Las dos boticarias nos quedamos con las ganas. Antonio me contó que se distribuye en tres ambientes probablemente correspondientes a tres épocas. Vieron montones de utensilios para preparar drogas, albarelos, frascos, morteros, campanas, balanzas, cajoneras, y lo mejor, un cocodrilo y un pez globo perfectamente conservados. En su web hay mucha información.

Ya íbamos escasos de tiempo, bajamos a la bodega para echar un vistazo al barril más grande del mundo, desde luego que es grandote, como una casa de dos plantas y con una plataforma con balcón arriba. Tiramos alguna foto y salimos a la gran balconada para contemplar las magníficas vistas sobre el rio Neckar, afluente del Rin. Hubiera estado bien tomarse en la tasca de la bodega una cervecita con tapa de embutidos locales.

Nuestra visita al castillo acabó aquí, a las 12 debíamos estar en el bus con el otro grupo y ya nos pasábamos 20 minutos.

Bajamos al centro histórico, Altstadt. El bus nos dejó frente al rio, junto a una oficina de información turística. Allí retomamos al guía y comenzamos a caminar. La lluvia amenazaba con hacerse presente.

Heidelberg tuvo la suerte de no ser bombardeada en la Segunda Guerra Mundial, conserva su arquitectura y trazado original del casco antiguo, iglesias, edificios universitarios, ayuntamiento, casas antiguas, plazas...todo su encanto. Si que sufrió un incendio importante durante la Guerra de los 9 años con los franceses. Luis XIV ordenó destruir el castillo y la ciudad, por lo que la mayoría del centro histórico corresponde a su reconstrucción posterior en estilo barroco.

 Lo primero que aprendimos fue la denominación de las calles: acaban en “straße” si son más anchas y paralelas al rio y “gasse” si eran callejones perpendiculares a las primeras aunque la regla algunas veces no se cumpliera.


Caminamos hacia la Karlsplatz, una bonita plaza con fantásticas vistas al castillo, rodeada de casas emblemáticas, una fuente un tanto extraña en el centro y unos árboles pelados con muñones en sus ramas que servían de marco a un retrato de bodas.


John nos explicó la distribución de las calles en una maqueta d e bronce situada en un lado de la plaza. Para situarnos en el Heidelberg barroco- renacentista. Cuál era la avenida principal, cuál la de las compras, los edificios y plazas principales…


Unos pasos más adelante nos topamos con la Kornmarkt  (plaza del mercado del grano) es otra placeta dominada por una fuente rematada por una Virgen negra preciosa, colocada ahí por los jesuitas y conservada a pesar de tanto protestante. El Rathaus (ayuntamiento) también lo encontramos por aquí compartiendo esquina con la plaza del mercado, a continuación.

 Llena de bares con terrazas y puestos de venta, el pub mas famoso de la ciudad el “Maxbar” ocupa uno de sus costados, en el centro, la fuente de Hércules, símbolo de la fuerza necesaria para la reconstrucción tras los conflictos  y la iglesia protestante del Espíritu Santo. A unos dos metros y algo del suelo, le salen unos alerones de sus muros que sirven de tejado a los puestos de comerciantes anexados a su fachada.


Comentó el guía que este templo estuvo compartido durante algún tiempo por protestantes y católicos. Un muro divisorio separaba ambas confesiones para que pudieran celebrar incluso simultáneamente. Por dentro es bastante austera, con altas vidrieras que hubo que reponer tras la guerra, las nuevas, dedicadas a la ciencia son un tanto “raritas”, en una estaba escrita la ecuación de Einstein y la fecha del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima.


 La bienvenida la da un Martín Lutero reencarnado en un playmobil gigante. Es la iglesia del "catecismo de Heidelberg", un documento confesional protestante para enseñar la doctrina cristiana reformada. Dentro de esta iglesia se encontraba la "biblioteca palatina" que tras la Guerra de los 30 años acabó en el Vaticano.


A un costado del templo, nos detuvimos para admirar una bonita portada en piedra, una casa ocupada por un hotel, el Ritter con muchísima solera en lo alto. La única vivienda que sobrevivió al gran incendio provocado por los franceses para destruir la city y la más antigua de Heidelberg pues todo lo demás se quemó. Es La casa del caballero san Jorge, llamada así por la figura que culmina su fachada. Fue mansión de un comerciante de paños francés y posada en otros tiempos.


Una “gasse” más tarde estábamos ante la puerta monumental del puente viejo. Magnífica, con sus dos altos torreones blancos. Me recordó el puente de Carlos de Praga, sería el ambientazo que había.  


Al lado de la torre izquierda un montón de gente andaban tirando fotos, cuando se apartaron pudimos ver un feísimo mono de bronce con un espejo en la mano. Si tocas el espejo te haces millonario, si le tocas las patitas, vuelves a Heidelberg y si tientas los ratoncitos que están a su lado tendrás hijos. Eso cuenta la tradición popular, lo que no dicen es que te pasa si metes la cabeza dentro del mono. Alguno la metió. Entendí la misteriosa silueta que adornaba un espejo de la habitación del hotel. 

Vimos de pasada el elegante puente viejo de Carlos Teodoro, con sus nueve arcos, reconstruido en 1947, después de la guerra, pues los alemanes lo volaron cuando los americanos estaban a las puertas de la ciudad. Heidelberg fue sede americana en Europa durante la ocupación.

Y la lluvia comenzó a caer ya con mas ganas. Era hora de comer, esperamos al otro grupo para dirigirnos al restaurante donde debíamos estar a las 13:45h. Se trataba de una cervecería local cercana, Vetter’s Braustube, con buena cerveza. La llenamos, desde fuera por la ventana se veía una mesa vacía y fueron varios turistas los que picaron, tuvieron que irse pues faltaban algunos del grupo y no había sitio para nadie más.  De menú ensalada y platazo variado de escalope, pastel de carne y salchichas con patatas riquísimas. Postre de crema con frutas. Demasiado para mi estómago de pajarito. Tuve la suerte de compartir mesa con el padre Mauricio, le conocimos un poquito mas hablando de lo humano y lo divino.

Tras la comida dispondríamos de tiempo libre para compras, café y temas varios. Algunos queríamos volver sobre nuestros pasos para comprar los chocolates de los besos de los estudiantes y explorar una tienda de bolas de navidad que vimos en la calle principal Hauptstraße.

Conseguimos los chocolates en la chocolatería Knosel famosas por sus besos de estudiante, aunque no le quedaban los estuches baratos; conseguimos las preciosas bolas en Inge-Glas, la mayoría carísimas pero muy bonitas y luego nos refugiamos en el café Romantic. Se estaba la mar de calentito, además, al otro lado de la calle  había  una tienda enorme de recuerdos para turistas. Nos tocó una camarera súper agradable, chilena, eso nos vino de lujo: conseguimos los cafés en condiciones. Luego las señoras nos fuimos a gastar euros. Desde calcetines a licores la tienda era un batiburrillo… todas picamos. A las 18h nos acercamos a la iglesia católica jesuita del Espíritu Santo. Allí estaban ya todos sentados esperando. 

Se trata de una gran iglesia barroca, luminosa, blanca por dentro, situada en la plaza de la Universidad. Perteneció a los jesuitas que llegaron durante la Contrarreforma, hasta que el papa Clemente XIV los eliminó de un plumazo.  En esta plaza se encontraba el antiguo convento de los agustinos del que ya solo queda el nombre de la calle, donde Lutero expuso sus tesis protestantes.



 El altar estaba cubierto por un ligero paño morado de tul al igual que las imágenes y crucifijos. David presidió la primera celebración de esta peregrinación y con mucho arte, vestidos de "lolailos", dio la bienvenida oficial a todos los renganchados, incluida una figura extraña, parecida a una bruja, sentada sobre la puerta de cristal de la entrada. Arte poco convencional. 


Acabamos tarde, una Eucaristía preciosa amenizada por la voz del padre Alberto al que oí mejor que nunca, que sirvió para reconfortar animas y aunar al grupo después del tiempo pasado.  Hubo recuerdo para los que se quedaron, en especial para los que andan "estropeadillos". Ojalá pronto los tengamos otra vez dispuestos para la guerra.

Teníamos la cena en el hotel a las 20h, había que apresurarse para llegar al bus y por el camino, algunos se perdieron. Siguieron rectos por la calle principal,  les pegamos esquinazo sin querer y no se dieron cuenta. Durante todo el recorrido, el castillo nos regaló unas imágenes nocturnas preciosas.
Una vez reagrupados, volvimos al Atlantis a comer otra vez sin ganas, con estos horarios europeos las comidas se suceden con poco intervalo. 
La sopa de tomate aunque estaba fuerte me encantó y las albóndigas con espinacas y puré, yo que ya estoy en el club del yogurt no me he saltado una cena estos días. Como siguiera así, me volvía con dos o tres kilos más.
Por poner alguna pega al hotel, excepto la cerveza, que también, todas las bebidas fueron carísimas. La copa de vino a 14€ y tampoco era un caldo para hacerle palmas, un chupito de limoncello que nos pedimos algunas, a 8 €, de las bebidas espirituosas mejor ni hablar. 
Hablamos con la mêtre y nos pedimos las copas en la mesa, el pub estaba a tope y no nos iban a dejar entrar. Echamos el rato hasta la hora de irnos a la cama, andábamos un poco cansados. Si llega a estar doña Carmen allí, no se acuesta nadie, por lo menos hasta las 3 de la mañana.


Marta nos pasó la hojilla del día siguiente, sería una jornada tranquila de traslado para llegar a Offenburg. Cambiábamos de hotel y ciudad. 
El primer día en Alemania resultó muy bien, Heidelberg nos encantó, el tiempo aguantó mas o menos, y la compañía fue inmejorable. ¿Qué mas se puede pedir?


PHOTOS DE HEIDELBERG
pinchando en el enlace.

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